Claridad y compromiso, las únicas salidas

La semana que termina, el proceso de paz que se negocia en Cuba entre el Gobierno y la guerrilla de las Farc llegó a un punto de crisis pronunciada: es, probablemente —y sin contar el secuestro del general Rubén Darío Alzate, que para el bien de todos salió mejor de lo esperado y de manera rápida— el escenario que le ha puesto más cuestionamientos encima a esa mesa de negociaciones que hoy, en apariencia, y al menos desde el espectro de la opinión pública, pende de un hilo. Y lo hace por la simbología harto evidente que tuvo la barbarie de esa matanza de 11 militares en el norte del Cauca.

No seremos indolentes frente a esa tragedia, de autoría exclusiva de la guerrilla de las Farc, que rompió con una anunciada tregua unilateral. Pero esta dolorosa e inhumana acción, también es cierto, ha sido aprovechada (manoseada, si se quiere) por los opositores de este proceso: a papaya servida, papaya partida, dicen por ahí.

Renunciar a él es, sin embargo, como lo dijo hace unos días Francisco Gutiérrez en las páginas de este diario, quedar para la historia como el “único país del hemisferio que ha sido incapaz de dotarse de un mínimo de civilización política”. Esta guerra por la que han muerto estos soldados, y tantos colombianos más, es la que debemos terminar. No queremos más de estos episodios: por ese fin último es que hay que continuar con el proceso.

Parar la orden de suspensión de los bombardeos a la guerrilla era no sólo la respuesta lógica, sino además la más inteligente: un tire y afloje, como en toda negociación. Sin embargo, esta situación nos conduce a un “punto cero” en la disminución de la intensidad del conflicto: las balas disparadas de un lado se cambian por las balas disparadas del otro. Apenas obvio. Los negociadores en La Habana, por lo mismo, no pueden seguir hablando como si nada hubiera pasado: acá ha habido un quiebre de lo que venía dándose como condición de la negociación. Es hora de sentarse a pensar en futuros caminos para este proceso de paz.

El presidente Juan Manuel Santos dio otro paso el viernes: atendiendo a las sugerencias de varios sectores de la sociedad y la institucionalidad ha dicho que al proceso hay que amarrarlo con un plazo. Suena bien, en principio, si esto es discutido, aprobado y aceptado por ambas partes. Dos partes que, no debe olvidarse, miden el tiempo de manera muy distinta: si ha de haber un cambio, como todo lo que se decide en un proceso de esta índole, ambos lados deben tener voz y voto en esa decisión. Bien, pues, definir tiempos, pero no tratando de imponer tiempos fatales para aliviar la indignación popular.

Pero, sobre todo, los términos de este proceso (y de la forma en que se va desarrollando hasta poder llegar al cese bilateral y la firma de la paz) deben ser mucho más claros: no puede ser que, como pasó en el caso de los 11 militares asesinados, ambas partes, por la flexibilidad de las palabras y condiciones del llamado “desescalamiento del conflicto” puedan terminar teniendo la razón a punta de vericuetos lingüísticos.

Este método de ensayo-error ha probado ser inconveniente: eso de treguas unilaterales, dadas de un lado y de otro de manera dispar, sin saber muy bien a qué atenerse cuando algo sucede, sin entender muy bien lo que significan ni el propósito final, nos ha llevado a este gran primer fracaso. Si hay un propósito de “desescalar” el conflicto, no puede haber medias tintas sobre lo que ello significa y la responsabilidad que cada parte asume. Lograr pacificar un conflicto tan largo y tan enredado es muy difícil, lleno de momentos duros, dolorosos, pero si se tiene claridad y el compromiso —sobre todo, no sobra decirlo, por parte de las Farc— los caminos por recorrer hasta lograr el objetivo pueden abrirse de nuevo. Ojalá.

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