Colombia debería recibir refugiados

Nadie como los colombianos entiende lo que es salir huyendo por culpa de los conflictos.

Como dijo Héctor Abad Faciolince: Ha llegado el momento de devolver el favor y de traer a Colombia (no pido mucho para empezar) siquiera unas 200 o 300 familias sirias, iraníes o afganas de las que en estos días se congelan bajo la nieve en las islas griegas". / Foto: Efe - Simela Pantzartzi

Aunque el país tiene muchas preocupaciones de las que debe encargarse de manera urgente, y el mismo proceso de paz con las Farc todavía está lejos de contar con la solidez que necesita para que Colombia vea los beneficios de la paz (sin hablar de la negociación difícil con el Eln y la creciente influencia del narcotráfico), no es demasiado temprano para empezar a considerar ideas que antes serían impensables. Una, que apoyemos, es la de ofrecer nuestro territorio como hogar de algunas familias que han debido huir de su país por culpa del conflicto. ¿Suena familiar?

La propuesta fue presentada por Héctor Abad Faciolince en El Espectador del domingo pasado. En sus palabras: “Durante cuatro decenios de conflicto millones de colombianos se refugiaron en muchos países del mundo. Ha llegado el momento de devolver el favor y de traer a Colombia (no pido mucho para empezar) siquiera unas 200 o 300 familias sirias, iraníes o afganas de las que en estos días se congelan bajo la nieve en las islas griegas”.

Suena extraño que un país acostumbrado a sobrevivir sus propios problemas, y que a duras penas ha podido solucionar la tremenda crisis ocasionada por el desplazamiento interno, se decida a abrir sus puertas y servir de refugio. No obstante, creemos que hay varias consideraciones a favor de la idea.

Primera, en cuanto al presupuesto necesario para adelantar el acompañamiento de las familias que vengan y que garantice su adecuada introducción a la sociedad colombiana, puede ser un esfuerzo conjunto del Gobierno Nacional, las entidades territoriales y las empresas privadas. La solidaridad sería una buena inversión.

Segunda, ante el argumento de que el país tiene otras prioridades, tampoco se puede desconocer que la realidad nacional va a cambiar, y que gracias a la coyuntura del acuerdo con las Farc y del Premio Nobel del presidente Juan Manuel Santos hemos obtenido la atención del mundo. Las condiciones nunca van a ser perfectas, pero tampoco se nos va a presentar otra oportunidad de esta magnitud para reinventar como entendemos a Colombia. Qué buen mensaje sería para un mundo cada vez más violento y de fronteras cerradas que esta nación acostumbrada a la guerra pueda ser ejemplo de inclusión. Especialmente porque nadie como los colombianos entiende lo que es salir huyendo por culpa de los conflictos.

Tercera, no sobrarán quienes insistan en que la migración es un peso, o incluso un riesgo de seguridad, y que no le aporta nada al país. Eso es ignorar la historia. Este país ha sido construido también por inmigrantes, y en general en el mundo las comunidades que aceptan y fomentan la diversidad, que se abren con la voluntad de permitir que otros construyan su hogar, ganan culturalmente y con el bagaje que traen estas personas.

No merecen consideración quienes asumen que las religiones distintas a la católica no tienen cabida en Colombia.

Nos unimos, entonces, a la solicitud que Abad le hace a la Cancillería y a la Presidencia: demostremos la bondad colombiana, la capacidad de empatía y dejemos que este nuevo país que estamos construyendo sirva también como hogar para quienes lo perdieron todo. No perdemos nada y podemos ganar mucho.

 

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