Con la Superliga pierden los hinchas

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El escándalo que generó la Superliga de Europa, el golpe de Estado que los 12 clubes de fútbol más ricos del planeta están intentando darles a la UEFA y a la FIFA, deja en evidencia una frustrante realidad: todo empieza y termina en los intereses financieros. Por donde se le mire, los actores involucrados quieren seguir potenciando el rentable negocio del fútbol europeo. Los 12 equipos quieren más recursos, independencia y no tener intermediarios; la UEFA y la FIFA, todavía enlodados en líos de corrupción y prácticas inhumanas contra los jugadores, no desean perder su monopolio. Salen perdiendo los hinchas y la idea del fútbol como lugar de encuentro sin discriminación por nivel de ingresos.

La Superliga europea es un acto de arrogancia. Desde las reglas se demuestra el interés de crear un nuevo monopolio: los 15 equipos fundadores siempre tendrán un cupo asegurado sin importar su desempeño en la temporada pasada. A ese grupo selecto podrán clasificar cinco equipos más de las ligas domésticas. Es decir, olvídense de la meritocracia, de los equipos sorpresa, de las dinámicas cambiantes del deporte. Lo que dicen los equipos que están creando la Superliga es, palabras más palabras menos, que tenemos que aceptar que hay una realeza en el fútbol europeo y que eso no va a cambiar.

El incentivo, por supuesto, es el dinero. Buscan unos $4.000 millones de euros por derechos de televisión que no tendrán que filtrar a través de la UEFA. El ganador de la Superliga se llevará unos $250 millones de euros, más del doble de lo que recibe el actual campeón de la Champions League. En los comunicados de los equipos fundadores se habla de invertir esos dineros en formación e infraestructura, pero es claro que solo se expandirá la brecha entre los clubes ricos y el resto.

En respuesta, la UEFA y la FIFA mostraron los dientes. Aleksander Ceferin, presidente de la UEFA, dijo que “los clubes de la Superliga serán expulsados de las competiciones europeas lo antes posible. Y sus jugadores no podrán disputar competiciones internacionales con sus selecciones”. Los miembros de la Superliga europea no parpadean: saben que una Champions League sin el Real Madrid, el Barcelona, el Manchester City y los demás quedaría coja. Lo mismo la Copa del Mundo sin un Leonel Messi, Cristiano Ronaldo y demás.

La discusión es compleja, en parte, porque en efecto el monopolio de la UEFA y la FIFA ha servido para múltiples abusos. El “Fifagate” todavía sigue encontrando culpables. Varios equipos y jugadores se han quejado, con razón, de que la temporada europea y de ligas domésticas, más en tiempos de pandemia, se ha vuelto inclemente con la salud de los deportistas. Aunque ahora los directivos de la UEFA y compañía se pongan la camiseta de la hinchada, no pueden sacudirse el hecho de que sus intereses también son financieros.

Los perdedores, tristemente, son los deportistas, los demás equipos y quienes seguimos el fútbol y lo celebramos por los principios que sus reglas llevan a defender. Ander Herrera, referente del Paris Saint-Germain, tal vez lo dijo mejor: “Me enamoré del fútbol popular, del fútbol de los aficionados, del sueño de ver al equipo de mi corazón competir contra los más grandes. Si esta Superliga europea avanza, se acabaron esos sueños, se acabaron las ilusiones de los aficionados de los equipos que no son gigantes de poder ganarse en el campo el competir en las mejores competiciones”.

Marcelo Bielsa, técnico del Leeds United, lo aterrizó en términos precisos: “Los equipos más poderosos han logrado su poderío a partir de la competencia del resto. Cuando no nos necesitan para ganar más dinero, la lógica con la que funcionan les permite descartar al que ya no les sirve para sus objetivos”.

Mientras los poderosos se muestran los dientes y siguen con la lucha, pierde el fútbol. Es un mal día para ser hincha.

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