Concentración financiera

El ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, justo días después de aparecer en las páginas sociales festejando en su propia casa al lado del mayor banquero del país, lanzó una enérgica advertencia instando a los bancos a bajar las tasas de interés en un término perentorio.

La frase, seguramente sin querer, provocó una oleada de críticas ciudadanas al sector financiero —por los cobros y las comisiones excesivas— y una serie de llamados a que se controlen las tasas de interés y cesen los abusos de los bancos con sus usuarios.

Es difícil confiar en que esta vez sí sucederá algo, si acudimos a experiencias similares anteriores. Del antecesor de Cárdenas, por tomar el ejemplo más reciente, se escucharon mensajes incluso más decididos pero las acciones al final fueron discretas. Y en estos tiempos, no resulta atractivo al Gobierno, ni a los políticos en general, enemistarse con el sector financiero en vísperas de una larga y costosa campaña de elección; o de reelección. A lo sumo, entidades que han puesto el asunto dentro de sus prioridades, aliviarán voluntariamente algunas cargas. Por eso resulta tan importante la presión ciudadana, que ojalá se mantenga para que no se aborte un debate sereno sobre lo que sucede en materia de cobros, abusos contra los clientes y la verdadera defensa del consumidor.

El discurso oficial es que, cuando hay competencia en un sector como el bancario, no son necesarios los controles de precios ni la intervención de las autoridades para establecer tasas y comisiones. Estos conceptos forman parte de la “cartilla” que repiten automáticamente ministros, superintendentes y demás funcionarios. El mensaje central es que “las fuerzas del mercado” terminarán protegiendo a los consumidores. Muy pocos creen ya ese cuento.

El sector financiero colombiano se viene concentrando en forma acelerada, alejándose del modelo de competencia que pinta la cartilla de los funcionarios. Y lo peor es que las autoridades no hacen nada para impedirlo. Los tres grupos bancarios más grandes ya acumulan cerca del 70% de los depósitos y los créditos de todo el mercado. La mayoría de los funcionarios públicos, provenientes de la clase media, con necesidad de asegurar su vida profesional, pequeños ante el poder de los grandes grupos, inseguros del apoyo que recibirían del alto gobierno si hacen su tarea en contra de semejantes fuerzas, no se atreven a jugarse el pellejo oponiéndose a la concentración cada vez mayor en el mercado financiero colombiano.

El caso de los fondos privados de pensiones merece comentario aparte. La Superintendencia Financiera, pequeña y débil ante tanto gigante bancario, está a punto de permitir que los dos principales grupos financieros controlen más del 80% de los ahorros pensionales y, con ello, que concentren el mercado de deuda pública y buena parte de los mercados de acciones en Colombia.

No hay duda de que hay que hacer un alto en el camino. Semejante concentración no le conviene al país. Tampoco les conviene a los bancos y a sus banqueros más conspicuos. Si continúa la tendencia actual, si esa indignación ciudadana que se ha visto a partir de una simple frase no encuentra respuestas, crecerá el malestar y se puede desatar una reacción populista que termine dañando la armazón financiera que se ha consolidado en los últimos 30 años, sin que se tenga claro qué sería lo que se construiría a cambio. Lo ideal es ponerle, a tiempo, un freno a la concentración bancaria en Colombia y hacer que la energía creadora de nuestros capitanes financieros se concentre en crecer en el exterior. Todos celebraríamos sus triunfos.

El Gobierno, mientras tanto, debe hacer, sin temor, su tarea, con la seguridad de que recibirá el apoyo del pueblo colombiano.