¡Cuáles crímenes pasionales!

Hay que decirlo de manera tajante: el asesinato de la patrullera Martha Isabel Correa a manos de su novio, Manuel Bobadilla, no es ningún “crimen pasional” y mucho menos “un lío de faldas”.

Es un homicidio aleve e injustificable, producto del odio y de la falsa creencia de algunos hombres de que las mujeres son de su propiedad y no ciudadanas con iguales derechos. Los elude ese simple cálculo. Hay que acabar con ese concepto de “crímenes pasionales”, pero, sobre todo, hay que acabar con el pensamiento tan tristemente arraigado en nuestra sociedad de que un hombre puede matar a una mujer “por amor” o “por honor”.

Pueden crearse leyes para proteger a la mujer, pero mientras la sociedad no entienda que una persona no puede disponer de la vida de la otra sin importar las causas, mientras eso no ocurra, casos como el de Correa van a seguir llenando titulares. Una simple cifra lo deja claro. Desde 2007 hasta mayo de 2014 se presentaron 827.000 denuncias y querellas por violencia contra la mujer: apenas la cifra negra. El dato hace parte de un reciente fallo en el que la Corte Constitucional deja al desnudo la gravedad de lo que viene ocurriendo en Colombia.

En esta sentencia, el alto tribunal sostuvo vehemente que “en Colombia las mujeres han padecido históricamente una situación de desventaja que se ha extendido a todos los ámbitos de la sociedad y especialmente a la familia, a la educación y al trabajo”. Y recordó que a ellas “se les equiparaba a los menores y dementes en la administración de sus bienes, no podían ejercer la patria potestad, no podían acceder a la universidad, se les obligaba a adoptar el apellido del marido, agregándole al suyo la partícula ‘de’ como símbolo de pertenencia, entre otras limitaciones”.

Agregó que la violencia contra las mujeres constituye un problema social que “exige profundos cambios en los ámbitos educativo, social, jurídico, policial y laboral, a través de los cuales se introduzcan nuevas escalas de valores que se construyan sobre el respeto de los derechos fundamentales de las mujeres”. Y que las leyes resultan insuficientes, “puesto que tienen que formar parte de un esfuerzo más general. Se debe repensar la relación entre hombres y mujeres, porque una sociedad que tolera la agresión en contra de ellas es una sociedad que discrimina”.

La Corte, además, les hizo un fuerte llamado al Estado y a los funcionarios, muchos de los cuales siguen justificando la violencia contra la mujer, tal vez de forma indirecta. Al respecto dijo que hay que reconocer “que una sociedad como la colombiana, que se arraiga en estereotipos cuya piedra angular es el supuesto de la inferioridad de las mujeres, no se cambia de la noche a la mañana. Aunque el cambio de patrones culturales es una tarea difícil, el primer paso lo deben dar los funcionarios encargados de generar confianza a las víctimas sobre la respuesta estatal ante la violencia”.

La negligencia de las autoridades para asumir con firmeza las denuncias de las mujeres violentadas lleva a que muchas no denuncien. Tal concepción, dijo la Corte, “ha propiciado la violencia y ha legitimado una especie de derecho del hombre a imponerse a la fuerza sobre la mujer al interior de una relación. Ese secretismo, la vergüenza y el miedo que produce manifestar las agresiones han llevado a que las mujeres sufran en silencio”. Hay que acabar con eso.

El Espectador suscribe lo dicho por la Corte. El mensaje es claro: tenemos que dejar de ser una sociedad de doble moral que marcha para protestar por la violencia contra la mujer y que produce leyes a diestra y siniestra, pero que, en privado, sigue justificando que una mujer sea golpeada por su pareja. Se necesita de coherencia y dejar de tolerar lo intolerable. No. No es un crimen pasional sino un delito contra toda la sociedad y contra el contrato que nos rige. Pasional es no querer reconocerlo.

 

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