Cuando el Estado liberal se vuelve dictador

¿No es la autonomía personal uno de los valores principales del Estado liberal?

La prohibición del burkini en Francia es una medida errada que va en contravía de lo que se quiere lograr: la libertad de las mujeres. / Foto: AFP

El Estado que se autoproclama liberal muestra su peor rostro cuando prohíbe aquello que no está de acuerdo con su visión del mundo y utiliza excusas que disfrazan la condescendencia con un manto de protección a las mujeres. La prohibición del burkini en Francia es una muestra preocupante de esta tendencia.

Tres ciudades del Mediterráneo francés prohibieron que las mujeres musulmanas utilicen el burkini en sus playas, que es un vestido de baño que les permite ocultar casi por completo su cuerpo, tal y como lo dicta la práctica de su religión. No es la primera vez que algo similar ocurre en el país galo. Ya en su momento, durante la presidencia de Nicolás Sarkozy, se prohibió el uso en público del nicab, velo que cubre por completo el rostro, también usado comúnmente por las mujeres musulmanas.

Manuel Valls, primer ministro de Francia, argumentó que usar un burkini “no es compatible con los valores de la República francesa”, dado que sustenta la esclavitud de las mujeres. Esa posición es compartida por la ultraderecha francesa, aunque por motivos notablemente distintos. Después de un ataque en una iglesía católica de Normandía, la ciudad de Cannes prohibió el burkini invocando el secularismo de Francia. Explicando la decisión a la prensa, Thierry Migoule, director de los servicios municipales de esa ciudad, dijo que el veto recaía sobre “ropa que de manera clara muestre alianzas con organizaciones terroristas que están en guerra con nosotros”.

Asumir que una mujer que utiliza un burkini como expresión de su religión está manifestando alianza con un grupo terrorista, es demostrar que el miedo secuestró nuestro sentido común y caer en el facilismo xenófobo de que todos los que profesen el Islam son agresores en potencia. No vale la pena dedicarle más espacio a ese pensamiento.

Preocupa, no obstante, la otra visión, que acusa al burkini de ser una imposición patriarcal. Si bien las religiones deben poder ser criticadas, y de hecho es muy útil que abunden los discursos que cuestionan la razón de ser de esas limitaciones a las mujeres, cuando se intenta imponer una forma de entender el mundo se sacrifican los ideales liberales de la protección del individualismo que tanto profesan algunos Estados occidentales.

Lo explicó muy bien Laure Rodríguez Quiroga, miembro de Red Musulmanas, al periódico El Mundo: “Si la intención es liberarnos, no tiene sentido hacerlo prohibiéndonos algo. Es contradictorio. Y sea patriarcal o no esa forma de vestir, prohibirlo atenta contra nuestros derechos”. En palabras más sencillas, Hallar Abderrahaman, musulmana y activista, dijo que “Yo uso burkini porque me da la gana. Porque soy libre para llevarlo. Es una tela de bañador, es higiénico y me gusta”.

Que el Estado les diga a estas mujeres algo similar a “están siendo esclavizadas y por eso necesitan que las ayudemos prohibiéndoles usar el burkini” es una posición condescendiente e invasiva que les niega la posibilidad de decidir por ellas mismas. ¿No es la autonomía personal uno de los valores principales del Estado liberal? La lucha por la liberación femenina de todo tipo de opresión es una guerra de ideas, que debe darse mediante debates públicos, pero dejando abierta la puerta para que sean ellas las que juzguen si, en efecto, están siendo esclavizadas, o si quieren reinterpretar el significado del burkini a su antojo. Una prohibición de este tipo, paradójicamente, crea otro tipo de esclavitud al negar la conciencia individual.

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