Cuestión de convivencia

Con muchos bombos y platillos la Policía Metropolitana de Bogotá anunció su nueva estrategia para identificar a los abusadores sexuales: aquellos hombres que tocan —sin consentimiento alguno— a las mujeres en el Transmilenio que atraviesa Bogotá y que quedan impunes luego de sus reprochables acciones.

Por supuesto que es útil probar todo tipo de medidas para reducir los índices de hombres que ven en la mujer a un objeto de su posesión. Y por supuesto que es beneficioso avanzar a una sociedad en la que, por fin, hombres y mujeres puedan coexistir en un mismo espacio. Solo así se genera cohesión social.

La medida, sin embargo, genera muchas dudas en cuanto a su implementación. Primero, porque fue anunciada con un gran despliegue mediático incongruente con la naturaleza encubierta de la operación. Pero sobre todo creemos que se trata de una estrategia que busca atacar un problema desde la superficie: a nivel práctico funciona bastante bien (a la hora de escribir estas líneas ya había un capturado) ya que podría judicializarse fácilmente a las personas que sean infractoras: una cuestión de cogerlos en flagrancia, que no es de poca monta ni menor.

¿La razón? El mayor problema que enfrenta la Policía a la hora de judicializar estos casos de acoso sexual, ha dicho el general Humberto Guatibonza, comandante de la Policía Metropolitana de Bogotá, es que son excarcelables porque se tipifican como una “injuria por vía de hecho”.

¿En qué consiste, entonces, esta nueva medida que surge de la entraña de la Policía? Subir a unas agentes vestidas de civil al Transmilenio para que hagan inteligencia y reaccionen ante cualquier eventualidad criminal. De civil, sí, pero “llamativas”, ha dicho la teniente de la Policía Lina María Ríos, encargada de este grupo de mujeres infiltradas: “la idea es llamar la atención de esas personas que cometen este tipo de delitos”.

Y ahí, en ese punto que luce tan menor, se equivoca la funcionaria: porque no son las mujeres “llamativas” de quienes se abusa en este país. Es de las mujeres de toda clase, vestidas de cualquier forma, cuando un hombre cree que tiene propiedad sobre ellas. Pronunciar esas palabras, y vestir de esa forma a las mujeres, es caer en un estereotipo (cierto en algunas ocasiones, es verdad) que refuerza, así sea indirectamente y sin ninguna intención, la arcaica idea de que es culpa de las mujeres por vestirse así. Y no. Ya es hora de cambiar esa mentalidad. Y esa cara de la moneda, que es la que puede llevar a un cambio que se convierta en solución real, es la que no ataca la promocionada estrategia.

Lo realmente preocupante, entonces, mucho más allá del discurso de género, es que no hay forma de que medidas de estas representen un avance social si no se hacen de manera integral: la seguridad es una parte, y la aplaudimos, porque está más que bien que se atrapen en flagrancia y se judicialicen a estos hombres. Pero mucho más hay por hacer, tal vez ya no en la órbita de la Policía Nacional y su competencia. Se debe incentivar la convivencia entre hombres y mujeres. Y eso solo se logra con un profundo cambio en el esquema mental de la sociedad toda: reprochar a quienes cometen estas conductas es el primer paso. Alguna medida creativa podría implementarse en Transmilenio para que la indignación social (que en casos como el de los conductores ebrios funcionó) llene el espacio de la indiferencia. Nada hay más efectivo que un grupo de personas sancionando socialmente a alguien.

Más allá del estereotipo del que hablamos, creemos que la medida puede funcionar. Pero hacen falta acciones más profundas para erradicar totalmente esta conducta desviada.

 

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