Cuidado con el timonazo

Compartimos la necesidad de enmendar el curso, pero regresar al pasado y olvidar la batalla por una sana relación con el Congreso sería una derrota deplorable. / Foto: SIG

Las numerosas y rotundas derrotas que ha sufrido el Gobierno Nacional en el Congreso deben, con justas razones, producir reflexiones en el Ejecutivo y un cambio en su estrategia política. Sin embargo, esto no puede llevar a perder quizá la apuesta más ambiciosa e importante de esta administración en materia política: la renuncia a la llamada mermelada y, por tanto, el cambio profundo en la relación entre el Legislativo y el Ejecutivo.

Los primeros meses de la Presidencia de Iván Duque han sido torpes. Sus principales propuestas se han hundido o, en el mejor de los casos, han tenido que ser modificadas en su esencia para lograr ser aprobadas, como ha ocurrido por ejemplo con la Ley de Financiamiento. También se ha visto a varios líderes políticos pescar en río revuelto para aplazar las votaciones, entorpecer los procesos y demostrar su “fuerza”, con fines poco altruistas. La desconexión entre el Gobierno y los partidos de su coalición en el Congreso ha sido evidente.

Es entendible, entonces, que haya frustración en el Palacio de Nariño. Lo que se ha traducido en el anuncio, de diversas maneras, de cambios en la estrategia de negociación con los congresistas para impulsar los proyectos de ley. También se ha visto al presidente ajustar su discurso, echar mano del espejo retrovisor y querer ejercer su influencia con más vehemencia.

Aunque compartimos la necesidad de enmendar el curso, la posibilidad de regresar al pasado y olvidar la batalla por una sana relación con el Congreso nos parecería una derrota deplorable.

El Gobierno debe entender, es cierto, que una de las principales causas de su fracaso inicial fue haber propuesto este cambio traumático sin prever la reacción negativa que provocaría y, por ende, sin un plan de acción alternativo. Al decidir que ciertos debates políticos se dieran sin la acostumbrada (y dañina) influencia del Ejecutivo, era apenas natural que los parlamentarios buscaran ejercer presiones indebidas. La cultura política no se cambia de manera fácil.

Ante este tortuoso comienzo, queda la sensación de que lo que muchos líderes políticos buscan es que el Gobierno renuncie a su objetivo de cambiar esa relación y vuelva a las prácticas de siempre. Hemos visto el oportunismo en muchas críticas que se unen al saboteo de las iniciativas que el país necesita. Ante esa posición, la única respuesta debe ser la firmeza en el convencimiento del propósito que se quiere alcanzar.

Respaldamos al presidente Duque en su lucha contra el clientelismo como base de los procesos legislativos en Colombia. Por supuesto, sería muchísimo más fácil para el Gobierno tener una coalición sólidamente pegada por los puestos y los favores; pero ya hemos visto con suficiente ilustración los resultados de la gobernabilidad construida sobre la idea de que el fin justifica los medios (y las alianzas). Nos parece en extremo prematuro entregarse sin dar la batalla.

Si esta administración encuentra una manera de impulsar sus proyectos sin sucumbir ante las fuerzas que la quieren arrastrar al pasado y resiste esa influencia durante los cuatro años de su Gobierno, habrá construido un legado tal vez más importante que cualquier reforma legislativa que logre aprobar. Demostrar que hay otras maneras de hacer política, en esta Colombia asfixiada por la corrupción, es una meta loable y necesaria. Presidente, no desfallezca. El país se lo agradecerá.

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