La desfachatez

Nos cree tontos. El concejal de Chía Carlos Martínez va por todos los medios, como en una maratón, haciendo declaraciones que parecen chistes.

Que no, que en el video en el que lo vimos huyendo de las autoridades en la madrugada del domingo, él no estaba de fuga. Que no, que habiéndolo —es que lo vimos, concejal— seguido la Policía andando a alta velocidad, en contravía, con las llantas pinchadas, invadiendo la vía de Transmilenio, dice que él no puso en peligro la vida de nadie. Y que la Policía le generó desconfianza porque le dio tiros a su camioneta. “No sé. Es la misma pregunta que tengo... por qué me dispararon”, dijo ayer, autosatisfecho, en la emisora Blu Radio.

Además de todo este bochornoso episodio, que terminó con la camioneta del concejal entrando oronda a la Escuela Militar de Cadetes cuando Martínez se vio rodeado —por cierto, qué pasa con la seguridad de ese lugar—, ahora resulta que le salimos a deber: ha anunciado nuevas demandas, que se sumarán a la que ya interpuso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos por un supuesto abuso policial. Increíble. Ahora no sólo no es su culpa, sino que es de los demás: los policías que lo persiguieron, los que lo detuvieron, los que lo interrogaron al principio cuando, parecía, dormía cómodamente dentro de su vehículo.

Como si fuera poco, en el video que circula por todas partes tenemos que enfrentarnos a la penosa situación del final: ver al acompañante del concejal, visiblemente intoxicado, actuando como si le hubieran pegado un tiro. Esa era la estrategia de, digamos, camuflaje. ¿Por qué un representante de los intereses de la ciudadanía tiene al país pendiente de este tipo de mamarrachadas? ¿No puede comportarse a la altura de lo que su cargo exige?

Medicina Legal dijo que la prueba de alcoholemia salió negativa. Aclara, eso sí, que se la hicieron seis horas después de sucedidos los hechos, cuando el concejal así lo quiso, y que ese tiempo es suficiente para que el efecto del alcohol salga del organismo. Desde hace un tiempo, en este país está prohibido para las autoridades pedirles pruebas de este tipo a sus representantes. Ese es el ejemplo que nos dio el concejal Martínez.

Él insiste en una historia totalmente distinta. Que iba sobrio, por ejemplo. Ahora, de ser esto verdad, preocupa aún más su forma de actuar: entendemos que una cosa tan errática y maltrecha sea ejecutada por una persona que no está en uso de sus facultades, ¿pero por alguien en sus cabales? ¿Eso? ¿Ir en contravía, huir de la Policía, pasarse semáforos en rojo y luego entrar a la brava en la Escuela Militar? ¿Estará seguro de que esa es la historia que nos quiere vender? No creemos.

También hay críticas, muy injustas, a la Policía: que la persecución muy larga, que por qué no hicieron algo más contundente. Todo lo contrario: si ya en otras ocasiones, en este espacio incluso, se han criticado los excesos en que caen algunos miembros de esta institución, en este lo que debemos es aplaudir su actitud moderada. ¿O qué se quería que hicieran contra este concejal en actitud demencial?

El caso es que Martínez hoy está libre y enfurecido: dice que hay una persecución en su contra por parte de las autoridades, que sus malquerientes en el Concejo lo quieren fuera, que demandará, que le tiene sin cuidado lo que piensen los demás (eso sí que está claro). En fin, una desfachatez sin nombre. Una muestra perfecta de cómo un funcionario público no debe actuar y, peor, de cómo usa su figura para negar, hasta el final, que actuó de manera incorrecta.

 

 

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