Después de 13 años...

El Tribunal Superior de Manizales puso fin a 13 años de incertidumbre e impunidad en el caso del colega Orlando Sierra, subdirector del diario La Patria, crítico feroz de la política local en Caldas.

La sola fuerza de su pluma fue suficiente para incomodar a los poderosos de la región y convertirlo en una piedra en el zapato cada vez más incómoda: se enfrentó a todos con una valentía y tesón admirables. Y por eso, por llevar los principios del periodismo a sus extremos más justos y deseables, le pegaron dos balazos en la cabeza cuando entraba al periódico que hizo suyo a punta de legitimidad.

Una vez más, en este país donde la verdad se impone a través de la muerte, teníamos que abrir otro triste capítulo de un periodista asesinado por razones de su oficio. Bárbaro. Incomprensible. Salvaje.

El Tribunal Superior de Manizales, decíamos entonces, echó para atrás la impunidad que había en el caso al dejar sin sustento una decisión judicial que absolvía al exdiputado Ferney Tapasco por el asesinato del periodista Orlando Sierra. Hoy Tapasco está condenado a 36 años de prisión y tiene la etiqueta en la frente de ser quien lo mandó matar, en un complot urdido desde bien arriba.

Había actor material, sí. Pero todo lo que envolvía el caso era sospechoso. El sicario, Luis Fernando Soto, condenado por este crimen a 19 años de cárcel, salió a las calles en menos de cinco y luego fue abatido mientras cometía otro crimen. Algunos testigos que ponían en tela de juicio el nombre del exdiputado Tapasco también aparecieron muertos. Desde el 30 de enero de 2002, cuando al colega Sierra le abrieron la cabeza a tiros, había rumores y sospechas, conjeturas y habladurías: hoy tenemos una sentencia en firme. ¿Positivo? Pues en parte. Favor bien grande le hace esta sentencia al viejo dicho de que la justicia llega tarde pero llega. Lo positivo, en esencia, es que sí, llegó. Un crimen de esta magnitud (insistimos: un periodista al que matan por razones de su oficio, porque incomoda a los poderosos) no podía quedar en la impunidad.

Lo cierto es que nadie se comió nunca el cuento de que este asesinato fuera aislado, azar de la delincuencia común, o reposara en la cabeza de un solo hombre. Siempre se habló de un crimen con hondas raíces políticas, que iba mucho más allá de ser un episodio aislado. Lo dijimos ayer en nuestro informe sobre la sentencia: el cinismo del exdiputado Tapasco era tal que nunca ocultó los deseos de muerte contra Orlando Sierra por las denuncias frecuentes sobre su forma particular de acometer las políticas en Caldas. Dicho más claramente: “no guardaba recato alguno para exteriorizar su propósito de asesinar al periodista, seguramente amparándose en su poder y en la mezcla de confianza y temor que hacia él le prodigaban sus empleados”.

En firme, entonces. Y aunque formalmente faltaría una instancia para cerrar del todo la cosa, es un paso adelante en este marasmo de dilaciones y testigos asesinados. Un paso que podría servir para el llamado Proyecto Manizales, al que los medios nos comprometimos desde que Sierra cayó asesinado: una forma en que los periodistas daban todo lo que tenían a su alcance para volver este caso (y la realidad) mucho más transparente al público. El asesinato de Orlando Sierra fue el de la libertad de expresión misma: hora de aclarar hasta el último detalle.


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