Después de la marcha

No cesa de repiquetear en la opinión la persistente división en que vivimos los colombianos, evidente antes y después de la marcha por la paz del pasado martes.

Ahora llena la discusión el conteo de cabezas para determinar si salieron a la calle un millón de personas, o si fueron 300 mil, o 200 mil o 50 mil, para poder ponerle un sello categórico a la manifestación: fracaso o éxito, apoyo o rechazo al proceso de paz. Sin embargo, más allá de la etiqueta, que apenas sirve para cantar victorias políticas particulares, la marcha deja conclusiones mucho más interesantes, más significativas.

La primera, que la ciudadanía se ha podido expresar sobre lo que está pasando en La Habana. Tanto quienes salieron en apoyo al proceso —con todo y las preguntas que aún requieren respuesta en el tortuoso camino de la negociación—, como quienes prefirieron rechazar la marcha con razones perfectamente válidas. El proceso necesitaba un respiro de este tipo, que a él llegara el fervor del apoyo tanto como las razones del inconformismo. Que los colombianos pudieran decir algo y no ser testigos mudos de esta negociación.

Por eso resulta ridículo pretender que el número de gente que salió a la marcha vaya a determinar si son más quienes apoyan que los que rechazan las conversaciones de La Habana, o viceversa. Claro, se corría ese riesgo, pues si hubiera sido una lánguida manifestación se hubiera podido afectar la mesa, así como una marcha multitudinaria como las que ya este país ha protagonizado —eso sí, con objetivos mucho más definidos— podría haber entregado casi que una carta blanca para la negociación. Pero al final, lo cierto es que el mandato para seguir avanzando en busca de la paz —con las salvedades y expectativas apenas lógicas para un momento tan inicial— quedó de presente y, como decíamos, le ofrece un oxígeno que acaso estaba necesitando el proceso que se adelanta en La Habana.

Positiva fue también la variopinta participación. A pesar de estar casi todos los partidos políticos, de diversas tendencias, de estar convocada por figuras tan disímiles como el alcalde de Bogotá, el presidente de la República y la Marcha Patriótica, los protagonismos políticos personalistas no dominaron. Por el contrario, esa unión de propósitos entre quienes bien podrían llamarse enemigos fue central en el mensaje de paz que se envió este martes.

Ahora bien, no cabe duda de que la presencia mayoritaria en la caminata de seguidores o convocados de la Marcha Patriótica generó interrogantes y suspicacias. A los opositores les permitió calificarla como de las Farc, y al Gobierno, enviar al ministro de Defensa a que cerrara el día vociferando en contra de ese movimiento por su alegada financiación con negocios ilegales de las Farc, casi como una excusa por haber compartido propósito toda la mañana. Esto requiere investigación y acción de la justicia de comprobarse, claro, y por supuesto que mientras no abandonen las armas, las Farc no pueden participar en política. Empero, la presencia activa y masiva de la Marcha Patriótica, más que entregarles título de propiedad sobre la manifestación, es una señal importante a la mesa, a las Farc en particular, del espacio político que podrían tener en el momento en que abandonen las armas.

Las preguntas que quedaron abiertas por quienes criticaron la marcha, ya lo decíamos, es otro aporte importante a La Habana. La opacidad de las víctimas, en la marcha y en la mesa; las condiciones en que se daría la eventual participación política de la Farc, los alcances de la justicia transicional para evitar la impunidad, todos estos mensajes —y otros más— quedaron expuestos y obligan, mucho más después de la marcha, a que se acuerden con absoluta claridad, sin afanes y sin concesiones extremas, para que, entonces sí, cuando llegue el momento de refrendar cualquier acuerdo, podamos sumar cuántos son los que apoyan y cuántos los que rechazan lo que se haya negociado. Este no era el momento para eso.

 

 

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