Día sin taxi

Hoy se desarrollará en Colombia el Día sin taxi, una iniciativa enteramente ciudadana que, desde ya, hay que desmarcar de las absurdas críticas que le están haciendo: no es un atentado contra la libertad de empresa, ni mucho menos; ni tampoco una prohibición categórica a que los taxistas salgan a hacer su trabajo.

No. Se trata de una forma de protestar por un servicio que, en algunos casos (que no en todos), deja mucho que desear para los estándares que esperan los usuarios. No tomar taxi implica una manifestación válida dentro de una democracia: es una forma mucho más explícita e inequívoca de demostrar un descontento generalizado. Los habitantes de un país tienen todo el derecho a negarse a recibir un servicio cuando éste es ineficiente o presenta problemas graves. Y eso es lo que está sucediendo, así a muchos les moleste la idea.

El día de ayer el gremio de taxistas buscó reivindicarse con la ciudadanía a través de una figura bastante discutible: algunos de ellos, durante una hora, prestaron el servicio de forma gratuita. Nada, mejor dicho. No solamente porque esta es una manera mínima y risible de “enmendarse” por tantas quejas que se presentan de forma sistemática, sino, sobre todo, porque los ciudadanos no están esperando que los recorridos no cuesten, sino que reciban el servicio que merecen; no quieren pagar menos, quieren pagar lo justo; no quieren que los lleven gratis, quieren que los lleven a donde ellos pidan. La sensación de la ciudadanía, y pueden negarlo hasta la saciedad quienes hablan en representación de los taxistas, es que ellos no cumplen una serie de requisitos mínimos, apenas exigibles a cualquier servicio público.

No conjura tampoco la problemática el hecho de que los taxistas levanten el paro que estaban preparando. Ese fue un acuerdo que hicieron entre ellos y el Gobierno. Tal y como lo dice Ricardo Saavedra, promotor de la jornada, “el servicio no mejora. Se reiteran conductas como cobros superiores a la tabla de valores, no llevan cambio y hay a veces falta de amabilidad y buen trato a los usuarios”.

Un paro a la inversa, mejor dicho: uno desde la ciudadanía, cosa que poco se ve en este país frente a los abusos, esos sí frecuentes, de quienes prestan servicios de uso necesario. Por eso nos parece más que razonable la jornada que se está impulsando para el día de hoy. Si bien el impacto va a ser seguramente imposible de cuantificar (gente que no toma taxi es una cifra muy difícil de medir), el poder simbólico de una ciudadanía que pacíficamente se pronuncia frente al abuso es suficiente escarmiento a un gremio poderoso que las autoridades no parecen dispuestas a poner en cintura: es hora, pues, de que los usuarios se pongan en el primer nivel de la discusión. Y esta es una manera bastante potente.

Hay que reiterar algo que venimos diciendo en este espacio desde hace mucho: en todo este debate, la ciudadanía siempre ha quedado en el último lugar. A nadie parece importarle. La pasividad para regular servicios alternativos (impulsados por las nuevas tecnologías), así como la mucha tolerancia que hay frente a una serie de actos violentos han ocasionado un malestar generalizado. Bienvenido, por todas estas razones, el Día sin taxi. Que haga pensar.

 

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