Doble rasero

El goleador del Deportes Tolima, Wílder Medina Tamayo, se equivocó y está pagando las consecuencias.

La Comisión Disciplinaria de la División Mayor del Fútbol Colombiano (Dimayor) le notificó esta semana la suspensión por un año de toda actividad futbolística oficial por su reincidencia en el consumo de marihuana. Un duro castigo a uno de los más destacados jugadores de los últimos años, que provocó la reacción del dueño del equipo, el exsenador Gabriel Camargo, alegando que se trata de una sanción injusta causada por las presiones del presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, Luis Bedoya, quien admitió que sí intervino, pero con el propósito de cumplir con lineamientos internacionales de control al consumo de sustancias prohibidas en el fútbol.

Como era de esperarse con un tema que mueve tantas pasiones, el asunto ha derivado en una controversia pública entre quienes consideran acertado que se aplique justicia con todo rigor en el caso Wílder Medina y quienes creen que, a sus 30 años, sancionar al jugador es acabar su exitosa carrera deportiva y, de paso, negarle la opción de rehabilitarse después de haber afrontado una dura infancia en su natal Puerto Nare (Antioquia). Para quienes no lo saben, Medina fue pandillero y fue el fútbol lo que le permitió salir del entorno de violencia en que vivía.

Al margen de las apreciaciones de unos y otros, el tema constituye un ejemplo de muchas situaciones que ocurren en el país donde no se evalúa con el mismo rasero. Empezando por el propio fútbol. Los dirigentes de la Federación, de la Dimayor y de la Comisión Disciplinaria han sido acuciosos para sancionar a Medina o a quienes como él han incurrido en el consumo de droga, pero esa misma convicción no se les ve para rechazar y actuar frente a la presencia del narcotráfico en varios clubes profesionales. Por allá en los terribles años ochenta, en 1989, está quizás la única excepción, cuando el campeonato fue suspendido por el asesinato de un árbitro.

Los casos abundan. En Millonarios, América, Medellín, Envigado, Pereira o Santa Fe, tan sólo por citar los casos más conocidos del pasado distante y cercano, la mano del narcotráfico ha penetrado sus estructuras. Y no son los únicos. Sería bueno que de la misma manera como se agilizan las sanciones individuales a jugadores que, como seres humanos, han caído en el consumo y quedan en evidencia, así mismo se señalara y castigara a aquellos que han permitido y convivido con ese enlace perverso de nuestro deporte más popular con el narcotráfico. Mas no. Antes bien, se escoge como director técnico de la selección nacional a quien ha sido reflejo de esa vergonzosa relación.

No solamente en el fútbol tenemos esta costumbre de caerle al caído y hacer de casos relativamente leves ejemplos para el escarnio público y el ejercicio de la autoridad. Aquí a un hombre que toca las nalgas de una mujer o hace una transacción con un billete falso de $50.000 se le penaliza con máxima severidad, pero a quienes admiten que asesinaron a centenares de colombianos utilizando los más aberrantes métodos se les negocia para que en nombre de la paz paguen pocos años de cárcel. Y qué decir de los parapolíticos, que saldan sus condenas a punta de subrogados o rebajas procesales y muy campantes regresan a la actividad electoral para apoyar a los suyos.

No se trata de defender a Wílder Medina, que debe pagar por su falta a las reglas deportivas. Dura es la ley, pero es la ley. Pero sí se trata de invitar a la reflexión sobre la obligación, que también asiste a quienes tienen el deber de sancionar o denunciar, de hacerlo por igual en un tema que tanto daño le ha causado a Colombia, como el del tráfico y consumo de estupefacientes.

 

últimas noticias

Verdad amordazada

Crímenes de Estado contra periodistas

Una apuesta ambiciosa por la educación