Édgar Negret (1920-2012)

Soplete contra metal, el maestro Édgar Negret le entregó a Colombia una de las obras más completas en lo que a la abstracción geométrica se refiere.

Hay que revisarla en los lugares públicos donde está expuesta. Hay que descifrar sus claves ocultas dentro de las figuras, su vida misma representada (y agotada, de paso) en el arte. No hay que olvidarla, por pionera, por brillante, por única. Y hay que preservarla. No puede quedar en la exclusiva memoria de quienes conocen o critican el arte, sino debe sobrevivir en la mente de todos los ciudadanos, como una muestra irrefutable de su poderío en la cultura colombiana.

Negret se formó para ser un artista integral. No solamente por haber estudiado en la Escuela de Bellas Artes de Cali, donde su formación le permitió hacer obras de alta calidad (cabezas de poetas, como Porfirio Barba-Jacob o Gabriela Mistral), sino por sus viajes a Nueva York y Europa, donde comenzó a poner los primeros engranajes de una obra alejada de lo figurativo, que tiene un contacto pleno con su amado aluminio, ese mismo que supo moldear en afiladas formas geométricas y ajustado con rigor, ya no por dobleces, sino por tuercas y tornillos.

Una de las mayores frustraciones del maestro fue ver el deterioro de sus esculturas en los espacios públicos donde éstas reposan, por ejemplo. Están ahí, al alcance de la mano: en el Parque el Virrey de Bogotá o en el aeropuerto José María Córdova de Rionegro. Honrar su memoria es, en parte, evitar que este deterioro se expanda. Dejar que su legado permanezca es, también, cuidarlo a toda costa.

El jueves de la semana pasada Negret falleció a consecuencia de un cáncer que se lo comió vivo a los 92 años de edad, poco después de su cumpleaños. Había abandonado su taller mucho tiempo antes, por distintas dolencias que padecía, sin dejar, eso sí, de aprobar obras que eran legadas a sus asistentes, a quienes consideraba como su familia, tal y como lo contó en una entrevista para la revista Cromos. Y no era para menos, sus asistentes dejaban intacto su legado, ellos lo reproducían ante la incapacidad del maestro Negret, quien firmaba las bases de las obras y dejaba las instrucciones meticulosas para que éstas salieran adelante.

La soledad, entonces, fue parte integral de su vida y, por ende, de su obra. Tuvo que reponerse a la muerte de sus padres, de sus abuelos, de sus 10 hermanos mayores. Siempre con la inquietud intelectual por la poesía, por las formas y el volumen, por la expresión geométrica. Los homenajes quedan en el papel y muy pronto se extinguen. Negret, en cambio, fue un incomprendido para su tiempo, que, sin embargo, hizo la apuesta de todo gran artista: perseverar en su oficio para expresar lo que sentía. Sin importar las consecuencias. Sin agachar la cabeza. La obra quedará para el recuerdo de muchos.

Se nos fue el hombre que fundía el metal para entregar arte. El artista de la abstracción geométrica. Su obra merece la memoria, el recuerdo del discurso. Paz en la tumba de un artista primordial.

 

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