El alcance de las palabras

Nos levantamos en la mañana de ayer con la noticia de que una joven de 19 años había denunciado una violación en el parqueadero de Andrés Carne de Res, el famoso establecimiento ubicado en el municipio de Chía, vecino de la capital. Una denuncia de este tipo ya cae mal, por principio.

 Peores fueron, empero, las declaraciones del creador del restaurante, el señor Andrés Jaramillo, quien con desparpajo —y desatino— salió a decir en la emisora Blu Radio lo siguiente: “Estudiemos qué pasa con una niña de 20 años que llega con sus amigas, que es dejada por su padre a la buena de Dios. Llega vestida con un sobretodo y debajo tiene una minifalda. Pues, a qué está jugando”. Deplorable.

Mucho más allá de si hubo o no una violación —como él se empecina en negar y las autoridades tendrán que decidir con pruebas— resulta muy grave que el dueño de un establecimiento comercial, internacionalmente reconocido por lo demás, salga con este tipo de argumentos frente a la presunta violación de una mujer. No hay claridad sobre lo que sucedió, eso es cierto, y puede ser prematuro aceptar la veracidad de la denuncia. Pero de ahí a culpar a la víctima por su manera de vestir es un despropósito. Retrocedemos muchas décadas en la concepción de la mujer si aceptamos como un simple desliz lingüístico semejante comentario.

Volvamos a sus palabras, censurables. ¿Qué hay de malo en que una mujer joven sea dejada por un padre, a la “buena de Dios”, en un bar? Su bar, además. Uno que, según él, tiene muy buena seguridad. ¿Es esto acaso suficiente razón para que pueda ser abusada en un parqueadero, como ella alega ante las autoridades? No. Ni más faltaba. Ni tampoco que la mujer tuviera una minifalda con un sobretodo encima. Ni aunque estuviera desnuda tendría nadie derecho a ir más allá de adonde ella quiera permitirlo. Es su cuerpo, de nadie más.

¿A qué juega Jaramillo diciendo este tipo de disparates? Declaración tras declaración, dizque para aclarar su comentario inicial, todas las de Jaramillo fueron desafortunadas, como quien se echa a rodar a botes por un barranco. Que en una grabación “esa niña parece que es amiga del personaje”. O que él no puede controlar la cantidad de licor que consume la gente y “esta niña estaba bebida”. ¿Y qué? ¿Entonces, por esas dos razones ya queda excluida la probabilidad de que la joven hubiera sido violada? ¿Con estas premisas se configura el consentimiento de la relación sexual? ¿Quién le dijo a este señor que cuando una mujer quiere tomarse unos tragos, o se pasa de ellos, está aceptando ser abusada? ¡Por favor!

El problema de todo esto, por supuesto, es que lamentablemente la manera como piensa Andrés Jaramillo no es un exabrupto en Colombia. Esa es la forma como muchas veces se conciben los delitos sexuales en contra de las mujeres en este país.

Esto trae de vuelta el debate —viejo ya, que confiamos, algún día, no reproducir más en las páginas de este diario— de responsabilizar a la mujer por algún tipo de violación o de relación no consentida de la que pueda ser sujeto. Las palabras pesan y en este caso la indignación de varios grupos de mujeres, activistas o ciudadanas que se han manifestado, es más que razonable. Ojalá algún día la mentalidad en torno a esto cambie para siempre. Una violación es, dicho en términos crudos, el machismo llevado al extremo de lo físico. Jamás culpa de la mujer. Repetir lo obvio desde este espacio molesta. Mucho. Pero a veces, como hoy, hay que hacerlo de nuevo.

 

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