El autoritarismo de exportación chino

El éxito de la economía china oculta el aumento de la represión y el autoritarismo, organizado por el Partido Comunista que ostenta el poder. / Foto: AFP

Tenemos que hablar de Winnie Pooh. El personaje de un oso que disfruta la miel, creado por A. A. Milne, se ha convertido en un inesperado símbolo de la resistencia y la libertad de expresión. El motivo es que Xi Jinping, presidente de China, detesta que lo utilicen para burlarse de él y, por eso, ha prohibidio la difusión de imágenes con Winnie Pooh en su país. Pero el efecto perverso del autoritarismo chino ya no está confinado a sus fronteras territoriales.

Durante décadas, el aumento en la influencia global china ha ido de la mano con la reducción en las críticas que se le dedican al autoritarismo de ese país. Se trata de un relato, sin dudas, impresionante: la modernización de ese país ha ido acompañada de un crecimiento económico admirable y eso, a su vez, ha permitido que cientos de millones de chinos hayan salido de la pobreza. Hoy, las ciudades chinas son ejemplo de desarrollo tecnológico y ambición. No es coincidencia que ese país esté liderando la guerra contra la emergencia climática (aunque todavía le falta mucho en ese aspecto).

Sin embargo, esa liberalización de la economía oculta el aumento de la represión y el autoritarismo, organizado por el Partido Comunista que ostenta el poder. La libertad de expresión en China es nula, con el internet y los medios de comunicación operando bajo estrictos filtros de contenido. Todo lo que ocurre en ese país pasa por la enorme burocracia del partido, que ejerce presión también sobre el sistema judicial. La propaganda es habitual no sólo para justificar la permanencia en el poder de los comunistas, sino para desacreditar cualquier idea exterior como la importancia y la utilidad de las libertades individuales.

Tal vez lo más diciente de la perversa opresión que se vive en China es lo que ocurre con la libertad religiosa. Cerca de un millón de musulmanes han sido perseguidos y recluidos en campos de detención, los cuales han sido negados por el gobierno de ese país. Los cristianos y católicos también llevan años siendo hostigados. Cualquier intento de expresar una religión que contradiga al ateísmo impuesto estatalmente es visto como una agresión. ¿No es esto un motivo de indignación que debería preocupar al mundo entero?

La clave es la economía. Como China se ha vuelto en un socio comercial útil, paga por el silencio de los Estados democráticos que ven con interés poder hacer negocios en ese país. Por eso Taiwán, un país que declaró su independencia y ha dado muestras de respeto por la democracia, no ha sido reconocido por la enorme mayoría de Estados (Colombia incluida). Hong Kong, un bastión de libertades individuales en esa región del mundo, lleva meses protestando en las calles porque los jóvenes ven con angustia que crece la influencia del Partido Comunista sobre esa isla; aun así, el apoyo global ha sido tímido. Un jugador de la NBA fue reprochado por la liga por haber expresado sus críticas a China. Un capítulo de South Park fue censurado. Las películas de Hollywood se autocensuran para venderse en ese mercado. Las figuras públicas están bajo aviso: cualquier denuncia sobre China puede significarles perder patrocinios e incluso acceso a ciertos torneos.

El autoritarismo, entonces, está empezando a exportarse. Colombia debería tener eso en cuenta al momento de decidir cómo posicionarse en la geopolítica global.

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