El banquillo

Cada cuatro años la ONU les hace a sus países miembros una evaluación llamada Examen Periódico Universal (EPU). Una valoración de si el país ha cumplido (o no) con los derechos básicos de su población. Pasado ese tiempo, y con un país relativamente distinto al menos en términos políticos, a Colombia le tocó sentarse de nuevo ante esta tribuna y esperar las recomendaciones, las críticas, los partes de tranquilidad.

Resulta contraintuitivo pensar que a Colombia le va a ir bien en una prueba de estas. Que las cosas han cambiado, sin duda, y que el país está mejor, tal vez. Sin embargo, estamos aún lejos de cantar victoria en este frente. Sería inoficioso salir a dar noticias felices. Sería peligroso. Sería ponernos encima de los ojos un velo de ignorancia muy grande para así omitir las realidades terribles que aquí se viven. Y está más que bien que sea un ente internacional el que nos lo recuerde con insistencia.

Ahí vimos al vicepresidente de la República, Angelino Garzón, entusiasta con el evento. Pidiendo ayuda, mostrando a un país conciliador. Al principio del EPU, claro, mucho antes de que sentaran a Colombia en el banquillo: “Se reafirmará la voluntad de firmar un acuerdo y de pedirle a la comunidad internacional que nos ayude para que la guerrilla cese la violencia, el uso de minas antipersonas y el reclutamiento forzado. La comunidad internacional podría también pedirle a la guerrilla voluntad para construir un acuerdo de paz”.

Ya después, cuando a Colombia le hicieron las recomendaciones, el Estado, en cabeza del mismo vicepresidente, se sintió mal. Se “delicó”, como dicen. Empezó a decir que no, que no acepta muchas, que algunas son un irrespeto, “transgreden nuestra dignidad y desconocen abiertamente los avances logrados hasta hoy”. Vaya. O, con suficiencia, dijo también que “toma nota” de ocho recomendaciones. El Consejo de la ONU ve esto, por supuesto, como una voluntad inequívoca de incumplirlas.

¿Por qué nuestros gobiernos tienen que salir a la defensiva en estas situaciones particulares? ¿Por qué no una actitud distinta? Mucha más provechosa podría ser la respuesta: podrían diseñarse planes donde los puntos débiles que hay que trabajar ya estén resaltados por un tercero imparcial. Y desde ahí diseñar agendas, mesas de trabajo, cosas útiles. Pero no. Se empecinan. Lo ven como un ataque frontal, como un insulto, como una versión de los hechos en la que no se reconocen los avances.

Y avances sí ha habido, por supuesto. En 2008 una de las peticiones fue “hacer todo lo posible por alcanzar acuerdos con la o las guerrillas para alcanzar la paz”. En eso podemos dar un parte de camino recorrido. Pero hay tantos temas adicionales: violencia sexual contra las mujeres, poner fin a la impunidad que favorece a “militares de alto rango”, reconocer el derecho de las parejas del mismo sexo al matrimonio y a la adopción, entre otras. Cosas que, lastimosamente, no se han hecho. O sobre las que no se ha trabajado lo suficiente.

Principal en el examen ha sido el tema del fuero militar y su reciente reforma constitucional. Una norma que, por ahora, ha abierto un boquete grandísimo para que casos graves se cuelen por allí. La ley estatutaria planeada para regularla (que no es una maravilla, exonera penalmente, por ejemplo, cuando el delito sea un error, en los casos de legítima defensa o si fue cometido siguiendo las órdenes superiores) está lejos de ser aprobada: ni siquiera se ha radicado en el Congreso. Y sí valdría la pena hacerle un debate razonado.

Por lo pronto, pese al consenso internacional, el gobierno de Colombia se empecina en decir que no. Que las cosas se están haciendo, que todo marcha bien. Valdría la pena revisar esta actitud. El “banquillo” no es un paredón. Si las advertencias existen es para contribuir a mejorar la situación, y así es como deberían entenderse.

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