El conservatismo en crisis

No es nueva la noticia de que el Partido Conservador está debilitado. Mucho más, incluso, que su homólogo Liberal, con el que compartió y definió gran parte de una poderosa historia bipartidista en Colombia.

Años atrás, se trataba de un partido fuerte en el que se cristalizaban los ideales de muchas personas y por el que la gente votaba sin miramientos. Hoy día, las cosas para el conservatismo son muy distintas. Sus líderes están deslegitimados ante la opinión pública, las tendencias ideológicas del partido no están unificadas, muchos de sus militantes están divididos en cuanto a las alianzas políticas y han sufrido afrentas fuertes por sus creencias.

Pese a que el país sigue siendo muy conservador en lo que respecta a líneas de pensamiento y tendencias ideológicas, el partido que podría representar a ese pueblo ha ido decayendo de manera drástica. Y este año ha recibido golpes muy duros: Andrés Felipe Arias, su hombre modelo y en ascenso rápido, tuvo un estrellón muy grande por el desfalco de Agro Ingreso Seguro, terminando incluso detenido a prevención en la cárcel. Dionisio Araújo, el candidato para la Alcaldía de Bogotá, renunció tras denunciar una falta de apoyo financiero dentro de su colectividad, dejando así a Bogotá, por segunda vez, sin un candidato azul. Su máximo representante en el Congreso, Juan Manuel Corzo, fue ridiculizado por la opinión pública a raíz de sus declaraciones sobre el subsidio a la gasolina. Sus líderes estuvieron peleando a viva voz frente a la ciudadanía: Andrés Pastrana endilgándole a José Darío Salazar, el presidente del partido, la propiedad de unos moteles que la Dirección Nacional de Estupefacientes le dio a sus familiares. Y el otro respondiéndole con un ataque a su gestión en la Presidencia de la República.

Pero no sólo son sus hombres sino también sus acciones. ¿Qué proyectos conservadores —que provengan de este partido— se discuten hoy día en el debate nacional? El del aborto, por ejemplo, que se suponía iba a salir triunfante de la Comisión Primera, fue hundido en buena hora por sus miembros y archivado de un solo golpe. El pensamiento del partido está también puesto en cuestión: durante este último debate expertos de todo tipo se explayaron en motivos suficientemente razonables para decir cómo los que apoyaban la penalización del aborto se fundaban más en argumentos religiosos que jurídicos. Incluso se llegó a la indignación general con declaraciones como las de Enrique Gómez Hurtado: que no podía probarse que una mujer fue violada. Avivando mucho más la mecha de la lucha de género.

Divididos como están, y siendo un partido muy importante para el país —representan una corriente de pensamiento válida y necesaria para esta democracia—, de mucha trascendencia histórica, el Partido Conservador debería pensar en una reestructuración. En una redefinición de sus prioridades ideológicas, de sus individuos y del partido mismo. De lo contrario, este símbolo histórico de la política colombiana, podría debilitarse mucho más. Porque, por ahora, lo único que hacen es sumarse a otras propuestas, adherirse a campañas distintas y esparcirse cada vez más en el complicado espectro político nacional.

Si algo hace falta en Colombia son los partidos, su fortaleza, su capacidad de dominio institucional y la seguridad que proporcionan. Dionisio Araújo, anunciando su renuncia, dijo que se trataba de una “retirada estratégica para reagruparse”, y dice bien. Porque lo mejor no es seguir sumando réditos de un lado y de otro, a las carreras, sino hacer una pausa para pensar en el futuro. Hacer una revisión de la historia que los acompaña y volver a partir desde una base sólida. El horizonte aún puede ser prometedor.

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