El derecho a expresarse

En días recientes unas curiosas vallas empezaron a aparecer en las calles de las ciudades colombianas: “Adivine quién ha matado más policías.

Queremos la paz sin impunidad. Francisco Santos”. Esta frase viene acompañada el aviso de dos fotografías a manera de disyuntiva: a la izquierda, una del capo del narcotráfico Pablo Escobar. A la derecha, una de alias Iván Márquez, miembro de la cúpula del secretariado de las Farc. La pregunta, viéndola desde su literalidad, es un sinsentido, un imposible absoluto. ¿Cómo podríamos saber con certeza cuál mató más policías? ¿En cuánto tiempo? ¿En qué circunstancias?

El mensaje, claro, es lo realmente importante: el exvicepresidente Francisco Santos quiere decirnos entre líneas que no podemos perdonar a unos delincuentes históricos y castigar a otros. Que hay que tener el mismo rasero cuando la justicia penal se aplica. Que la paz no puede pasar por encima de las vidas de los policías. Que el precio de esa paz no puede ser el de la impunidad, como quiera que él la entienda.

¿Burdo en su forma? Pues sí. Porque no es lo mismo un personaje que el otro. Criminales los dos, claro, pero entre ellos hay una distancia histórica y de fines, de formas, de la manera en que se han aproximado a una guerra contra el Estado colombiano. ¿Oportunista? Por supuesto. Muy sospechoso que salga el nombre del exvicepresidente en altas letras blancas (blancas de paz), promocionando una idea política determinada, justo antes de que entremos en el periodo electoral, siendo él precandidato. ¿Aprovecha a las víctimas para generar opinión? Puede ser. Eso, al menos, ha salido a decir. Que él habla en nombre de ellas, que las pone en el centro, que “las saca del costado”, como repite y repite por Twitter. “Emboscada a dos grupos especiales destacados brigada móvil 27”, dice. Y luego el Ejército mismo, víctima en este caso, lo desmiente.

Su mensaje cifrado nos parece todo eso –y más, harto se puede sacar de esas frases tan cortas–, y sin embargo celebramos que lo pueda hacer. Y que lo haga más, si quiere. Tiene todo el derecho. Fustigamos, más bien, los intentos de silenciarlo, que solamente muestran la intolerancia de los “pacíficos”, incapaces de aceptar a quienes tienen una opinión distinta a la de ellos. ¿Por qué va a estar mal que Francisco Santos se oponga al proceso de paz? ¿Por qué ordenar el retiro de sus vallas? Que les tiren pintura los intolerantes Que les tiren pintura los intolerantes (tal vez promotores de la paz, del diálogo) se nos hace infame, ¿pero que las retiren? ¿A cuenta de qué? ¿No puede oponerse a una política del gobierno de turno, así sea burdamente, como se le oponen a él sus malquerientes? Ni más faltaba.

La tolerancia no solamente se mide en los discursos incluyentes que se pronuncien ni en la defensa de lo que es distinto, sino también en el respeto a otras posturas. ¿Que no son de vanguardia? ¿Que son guerreristas, como parece ser el caso? Pues sí. Pero que las haya. No estaríamos en una sociedad pluralista si discursos como estos no existieran o se ahogaran en las frases autosatisfechas de quienes los atacan. ¿Que pone en peligro el proceso de paz? Tampoco. Es más, así como los diálogos necesitan de la legitimidad popular, también es oportuno que exista gente que se oponga a ellos. Y que lo pueda expresar abiertamente. Un proceso que no resista la crítica no nos traerá la paz.

Lo que dice Francisco Santos es criticable. No lo compartimos. Es incluso cuestionable que ponga su nombre para promocionarse en una campaña que aún no ha empezado. Pero defendemos una cosa muchísimo más importante (en el escenario de un diálogo, ni más ni menos): el derecho que tiene a decirlo. Así, pues, que sigan sus vallas, por desagradable que puedan resultar.

 

 

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