¿El fin de Eta?

El pasado jueves 20 de octubre tres miembros encapuchados de Eta entregaron a los medios un comunicado distinto.

No tanto en la forma: siguen escondiendo sus rostros y levantando un puño de lucha y protesta a manera de coreografía. El fondo, sin embargo, es muy diferente, no sólo por la brevedad y concreción que ostenta el mensaje, algo atípico en ellos, sino sobre todo por su contenido: anuncian un cese definitivo de su actividad armada.

Podría ser este el anuncio del fin de 43 años de terror puro que Eta ha difundido en España y ocasionalmente en Francia: secuestros, extorsiones, bombas, atentados contra civiles, militares y miembros de partidos políticos, dejando un saldo de 829 personas muertas y un miedo constante en las poblaciones atacadas. El grupo afirma en su comunicado que después de la Conferencia de San Sebastián, organizada por la izquierda abertzale (su antiguo brazo político) y con la presencia de varias personalidades del plano internacional, que dejó como memoria un documento contentivo de cinco puntos pidiendo a Eta el fin de la lucha armada y sentando las bases para una etapa de diálogo y postconflicto, la organización consideró que este era el mejor momento para un alto al fuego.

Si bien la romántica versión de Eta suena muy bienintencionada, existen otros factores que los llevaron a esta renuncia: el debilitamiento que sufrieron por cuenta de las acciones policiales del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero (734 presos), la eficacia de la justicia a la hora de condenar a sus miembros capturados, el rechazo de la sociedad civil a la legitimidad de cualquier lucha del grupo, las sociedades de víctimas unidas en contra de Eta, y muchas otras manifestaciones más, llevaron al grupo armado a un rincón sin otra salida que su comunicado.

Rodríguez Zapatero, así como el líder de la oposición Mariano Rajoy, han celebrado mucho esta noticia y la han calificado de histórica. Hace falta mucho para celebrar, porque si bien lo de Eta es más una rendición disfrazada grandilocuentemente de acto de buena voluntad para entrar a una etapa de diálogo, el fin real no ha llegado. Algunos expertos aseguran que ésta es una rendición condicionada: falta esperar muchos procesos. Primero, dicen, Eta sigue encapuchada y con una retórica similar a la de siempre. Además, mientras no se anuncie su disolución, es posible que trate de negociar a sus más de 700 hombres presos y, asimismo, una posible incursión en la política, ya que el discurso de “el respeto a la voluntad popular” sigue en pie frente al diálogo que plantean.

Sería un alivio para el pueblo español poder incursionar pronto en esos cinco puntos del acuerdo de justicia transicional: cese al fuego por parte de Eta (cumplido), diálogo con Francia y España sobre las consecuencias del conflicto, reconciliación y reparación con las víctimas, observadores expertos en el proceso y un comité de seguimiento. El último capítulo puede estar cerca y depende del Gobierno entrante dar fin a una acción colectiva que Rodríguez Zapatero reforzó con ayudas externas por parte de la ciudadanía.

El presidente Santos, aquí en Colombia, lejos de ese otro conflicto, ha llamado la atención y dicho que las guerrillas colombianas deberían tener en cuenta esta acción de Eta. Pese a que el conflicto vivido al otro lado del Atlántico tenga unas causas y unos modos de operar muy distintos, nunca sobra ni la recomendación ni tampoco el ojo atento a cómo se va a desarrollar un proceso entre un grupo armado independentista (que al principio, hay que decirlo, gozaba de cierta legitimidad entre la ciudadanía) y un Gobierno que ha luchado contra él por cuarenta años. Finalmente, y después de tanta sangre, podríamos ver un desenlace mucho más alentador para el pueblo español.