El horror como estrategia

Al quemar vivo dentro de una jaula a un piloto militar jordano, los yihadistas del Estado Islámico (EI) han superado con creces su propio récord en materia de salvajismo.

No sólo por la sevicia empeñada contra un prisionero indefenso, sino por grabarlo en video, editarlo como si se tratara de un producto comercial y difundirlo al mundo como escarmiento. Jordania, aplicando la ley del Talión, ejecutó de inmediato a dos terroristas del EI que tenía presos. Ojo por ojo. ¡A dónde llegaremos por esa vía!

Desde que nació este grupo, su nombre ha estado ligado a atrocidades de todo tipo. Asesinatos en masa de “infieles”, es decir, cualquiera que no profese sus creencias fundamentalistas. Ejecuciones sumarias de prisioneros de guerra. Decapitaciones de rehenes occidentales que fueron capturados mientras llevaban a cabo labores humanitarias o como corresponsales de guerra. Violaciones y esclavitud a cientos de mujeres. Fusilamiento de cientos de voluntarios extranjeros que se sumaron a su causa y que fueron acusados como traidores por intentar huir. La lista podría seguir. Pero lo que diferencia a este grupo de fanáticos de otros es su deseo de publicitar sus actos con efectistas puestas en escena y videos de alta calidad que colocan en las redes sociales y distribuyen por el planeta en cuestión de minutos. El objetivo propagandístico logra así su cometido. Vea pues.

¿Qué buscan estos lunáticos? Dejar en claro que van muy en serio y que no sólo están dispuestos a consolidar su control territorial entre Siria y Jordania, donde aplican su credo religioso como única verdad, sino que dentro de la yihad seguirán ampliando su área de influencia. ¿Hasta dónde? Esa es la pregunta del millón. Su despliegue y crecimiento no había tenido hasta ahora mayores contratiempos, en buena medida porque los países occidentales no supieron cómo reaccionar frente a esta nueva amenaza. El EI trató infructuosamente de colarse en Líbano y Jordania, pero fue rechazado. Sin embargo, en días pasados sufrió su primera derrota significativa, al menos temporal, cuando fue desalojado de Kobane, ciudad fronteriza entre Siria y Turquía. Allí, soldados kurdos provenientes de Turquía lograron frenarlos. La ciudad quedó en ruinas.

La respuesta de Occidente ha sido errática e insuficiente. En un comienzo, porque Estados Unidos no quería involucrarse en otro conflicto en el área, en época de retiro de tropas de Irak y Afganistán, en especial porque su deseo era que se derrocara al régimen sirio de Bashar al Asad. Ante las nuevas realidades se creó una coalición que lleva a cabo operaciones aéreas, de la cual hacía parte el piloto jordano asesinado, pero no se tiene contemplada, de momento, la presencia de militares sobre el terreno. Así las cosas, las movidas en el inestable tablero de ajedrez en la zona no permiten ver con claridad quién puede terminar ganando la partida. Son demasiados los intereses en juego, comenzando por lo estratégico del área en materia de reservas energéticas y continuando con el polvorín político y religioso que implicaría el nacimiento del autoproclamado Estado Islámico.

Hannah Arendt acuñó hace muchos años el término de “la banalidad del mal”. Hacía referencia, ahora que se conmemoraron 70 años de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz, al papel que jugaron miles de personas en la maquinaria infernal que permitió el Holocausto. Al ver cómo actúan los yihadistas se aprecia esa característica de los fanáticos religiosos convencidos de su lucha contra de los infieles.

En las guerras se cometen todo tipo de atrocidades. Si lo sabremos aquí en Colombia. Es urgente que se pueda poner un freno, por parte de la comunidad internacional y con la intermediación de la ONU, a este tipo de hechos lamentables. De no hacerse, las consecuencias, en costo de vidas humanas, van a seguir aumentando de manera inmisericorde. La cifra ya sobrepasó los 200 fallecidos y un número mayor de heridos. Es hora de actuar.

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