El legado de Barack Obama

Barack Obama deja, con todo, un legado de decencia y ponderación, que se ve seriamente amenazado por su imprevisible sucesor.

Con respecto a América Latina, su éxito mayor fue el restablecimiento de relaciones con Cuba y la terminación de la Guerra Fría en esta parte del mundo. / Foto: AFP

Barack Obama concluye mañana sus ocho años como presidente de Estados Unidos. Es importante hacer una evaluación de su legado, no sólo por lo que representa como el primer presidente negro en la historia de ese país, sino por el talante progresista y las reformas que llevó a cabo. Sin embargo, no todo fue un jardín de rosas y hay algunos claroscuros en su gestión.

La corriente de aire fresco que trajo su elección fue evidente. Reposado, con intachable hoja de vida pública y privada, prometió rescatar el país del desastre económico y social en que se encontraba. Las promesas de campaña fueron muy bien recibidas por la mayoría de los norteamericanos. Reflotar la economía. Generar nuevos empleos. Poner en cintura a Wall Street. Impulsar un ambicioso plan de salud que diera total cobertura médica. Acabar con la presencia militar en Irak y Afganistán. Privilegiar el multilateralismo en los problemas internacionales. Cerrar la cárcel de Guantánamo. Aprobar un ambicioso plan para regularizar la situación de los más de 11 millones de ilegales que viven allí. Todas muy buenas y loables ideas. El problema sería no sólo implementarlas, sino garantizar su continuidad.

A pesar de su deseo de superar los odios raciales, el país terminó dividido de nuevo, como se evidenció en la última campaña. Logró sacar a Estados Unidos de la grave crisis económica, aunque las desigualdades sociales aumentaron. Comenzó el retiro de la mayoría de las tropas en Irak y Afganistán, a pesar de que durante sus ocho años estuvo involucrado en alguna guerra, en especial en Oriente Medio. Logró dar de baja a Osama Bin Laden, pero continúa enzarzado en el callejón sin salida de Siria, tras el empoderamiento del Estados Islámico, ISIS. No pudo cerrar la prisión de Guantánamo, aunque disminuyó sustancialmente el número de sus ocupantes. Por último, tuvo que frenar a Vladimir Putin y su política de expansionismo en Europa oriental, en especial con la situación creada en Ucrania.

Desde el otro lado de la barrera, su elección significó un terremoto político para los republicanos. Que llegara a la Casa Blanca un “liberal”, lo que para el votante conservador significa izquierdista, no era una novedad. Sin embargo, que fuera, en especial, un afroamericano, prendió todas las alarmas dentro de los sectores radicales del país. Ahí surgió la primera barrera a su memorial de buenos propósitos. A pesar de que la Cámara estaba en poder republicano, utilizó el Senado, donde tenía mayoría su partido, el Demócrata, para aprobar algunas leyes. En el Congreso comenzaron los primeros obstáculos serios. Mientras lograba sacar adelante su Obamacare —la ley de cobertura médica—, no pudo darle la cobertura universal deseada. Más adelante los republicanos ganaron ambas cámaras, lo que significó un fuerte revés político para Obama.

Con respecto a América Latina, su éxito mayor fue el restablecimiento de relaciones con Cuba y la terminación de la Guerra Fría en esta parte del mundo. También debió actuar de emergencia frente a la grave situación de los migrantes ilegales centroamericanos que llegaron en oleadas al país. De resto, a pesar de algunas visitas a la región, no hubo mayores hechos significativos. Con respecto a Colombia, se destaca su decidido apoyo al proceso de paz y la aprobación del tratado de libre comercio.

De momento se retira con una popularidad cercana al 60 %. Nada mal para quien sufre las consecuencias del normal desgaste del poder. Más aún si se trata del país más poderoso del planeta, con todo lo que ello entraña. En especial, si se compara con los bajos niveles de aceptación que tienen varios de sus colegas alrededor del mundo. Deja, con todo, un legado de decencia y ponderación, que se ve seriamente amenazado por su imprevisible sucesor.

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