El México de Andrés Manuel López Obrador

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El triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en México es en un hito histórico para el país y para la región. El candidato de izquierda no solo logra llegar a la Presidencia con el 53 % de los votos en alianza con una formación evangélica, sino que deja apaleados a los otrora partidos tradicionales: el centrista PRI, el derechista PAN y, también, al progresista PRD. La mayor derrota la sufre el PRI dado que su candidato quedó de tercero en la contienda, con un 16 %, y perdió las nueve Gobernaciones en pugna. AMLO asumirá la Presidencia con grandes expectativas y retos frente a la imagen de populista que lo acompaña.

Lo cierto es que, en unas elecciones con un alto nivel de participación, los 29 millones de mexicanos que lo apoyaron le pasaron a su vez una gran cuenta de cobro el oficialismo del PRI, en especial por los casos de corrupción galopante, así como un rechazo a las cúpulas políticas tradicionales que no han sido capaces de solucionar los graves problemas de violencia derivados de la lucha contra el narco.

En su discurso inicial, López Obrador fue bastante mesurado. “Llamo a todos los mexicanos a poner por encima el interés superior”, dijo, citando a uno de los artífices de la revolución de comienzos del siglo pasado.

Su triunfo, que ya se daba por descontado, había generado muchas inquietudes dentro y fuera de México. No solo se trata del país de habla hispana más grande de la región, sino que tiene la segunda economía en América Latina y, aspecto esencial, comparte una muy conflictiva frontera con Estados Unidos. Con el deseo de despejar dudas frente a su imagen de autoritario, realizó importantes afirmaciones: “No apostamos a construir una dictadura, ni abierta ni encubierta”; se llevarán a cabo cambios profundos, pero “con apego al orden legal”; “habrá libertad empresarial, de expresión, de asociación y de creencias” y “Escucharemos a todos, atenderemos a todos, respetaremos a todos, pero daremos preferencia a los más humildes y olvidados, en especial, a los pueblos indígenas”.

El candidato que ocupará en diciembre el Palacio de las Garzas llega con un discurso mucho más edulcorado que el de su primera campaña hace 12 años. En ese entonces, se presentó con un discurso populista y caudillista, muy cercano a Hugo Chávez. Tanto así que, al fracasar en unas cuestionadas elecciones, decidió ocupar el Zócalo, la imponente plaza ubicada en el centro de Ciudad de México, durante varios meses. Allí sus seguidores lo proclamaron, en un acto paralelo, como presidente legítimo el día en que se posesionaba como nuevo mandatario Felipe Calderón, del PAN. Aprendió la lección y demostró que la tercera es la vencida. Sin embargo, una cosa es estar en la oposición criticando al gobierno de turno, y otra muy distinta gobernar. De ahí que el reto de pasar del dicho al hecho sea fuente de especial preocupación para el líder de MORENA.

Tanto en el PRI como en el PAN se inicia un profundo proceso de reestructuración interna. Los escándalos de corrupción, que afloraron durante el presente sexenio de Enrique Peña Nieto, fueron hábilmente utilizados por AMLO. “Sobre aviso no hay engaño: sea quien sea, será castigado. Incluyo a compañeros de lucha, funcionarios, amigos y familiares”, dijo. Ahora debe cumplir. También está el cáncer de los carteles de drogas. No es clara cuál será la política que seguirá al respecto, en la que se espera claridad sobre la violación a los derechos humanos cometida por actores estatales.

Si logra manejar con sumo cuidado el tema de la economía, para satisfacer las demandas sociales de gran cantidad de ciudadanos excluidos a los cuales se debe, e inicia un cambio sustancial en materia de lucha anticorrupción y la violencia, abre la puerta a una nueva historia en México. En caso contrario pasará como otro presidente con buenas intenciones y poca ejecución.

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