El problema de ridiculizar el “todos y todas”

Por más que los puristas de la lengua digan que es correcto, ¿las personas lo entienden así de inmediato? ¿Están locas quienes se sienten excluidas? / Alcaldía de Bogotá

Un juzgado administrativo le ordenó a la Alcaldía de Bogotá cambiar su eslogan y la opinión pública estalló. Se escucharon burlas, insultos y frustración contra una decisión denunciada por inútil y costosa. Sin embargo, el desdén y la rapidez con que tantas personas rechazan el lenguaje incluyente no sólo están errados, sino que ridiculizan un debate esencial. Lo que está sobre la mesa es la pregunta sobre si nuestras palabras, con las que definimos el mundo entero, se prestan para reforzar la exclusión que las mujeres han sufrido históricamente.

En efecto, la decisión del Juzgado 22 administrativo de Bogotá es problemática y cuestionable. En ella, le exige al Distrito que cambie su eslogan por “Bogotá mejor para todos y todas”. También le pide al Concejo de la capital que, de ahora en adelante, se refiera a “concejales y concejalas” en todos los documentos públicos. Esto, en respuesta a una acción de tutela interpuesta por el concejal Alirio Uribe, quien pidió que se cumpliera el Acuerdo 381 de 2009, que obliga a que todos los documentos oficiales del Distrito usen lenguaje incluyente de género.

Flaco favor le hizo el juzgado a la causa de la igualdad al exigir el uso del chocante “todos y todas”. Las lenguas no se regulan en los estrados judiciales.

La Real Academia de la Lengua (RAE) ha dicho que el masculino gramatical es el término que incluye genéricamente a seres de un sexo y otro. Como lo explicó Héctor Abad Faciolince, “el género gramatical no es lo mismo que el sexo”. Esa fue la defensa que utilizó la Alcaldía, al argumentar que la palabra no fue utilizada designando un género, sino para designar la clase, es decir, “a todos los individuos de la especie” sin discriminación.

Dicho eso, quedarse exclusivamente en el ámbito gramatical luce inadecuado en estos tiempos. Aun si es el uso correcto aprobado por la RAE, cabe preguntarse si no estamos, en la práctica, dejando por fuera a personas que no se sienten identificadas en las palabras empleadas. El lenguaje, al fin de cuentas, se construye a partir de usos y costumbres. Y la manera como hablamos excluye. Basta con revisar la historia de las palabras empleadas contra las minorías y contra las mujeres para entender esa realidad.

El lenguaje, entonces, sí importa. Aquello que no se nombra tiene muchos obstáculos para probar su existencia, para exigir sus derechos. Como le dijo Florence Thomas a W Radio, “a las mujeres nunca nos nombran; cuando vi el lema, dije: no es posible. Lo correcto era que la Alcaldía eligiera algo neutro”.

Este es el debate que se ha opacado por el escándalo del “todos y todas” y por lo complicado que resulta ver a un juez de la República ordenando cómo se puede y no se puede hablar. ¿No deberíamos motivar a que el Estado busque mensajes que incluyan a todas las personas que viven en el país? ¿No es raro, por ejemplo, ver en reuniones de la Secretaría de la Mujer el eslogan “Bogotá mejor para todos”? Por más que los puristas de la lengua digan que es correcto, ¿las personas lo entienden así de inmediato? ¿Están locas quienes se sienten excluidas?

Burlarse del “todos y todas” es la salida fácil. Imponerlo mediante vía judicial es absurdo. Pero creer que la discusión es simplemente estética y caprichosa es cegarse a la realidad de la discriminación; de cómo las palabras son herramientas de opresión. Mientras los tribunales deciden la apelación, ojalá todas las instituciones entiendan que lo que se pide es pensar en estos asuntos antes de adoptar los símbolos que definen al Estado. El error no es la ausencia del “todas” en el eslogan de la discordia, sino mirar con desdén la carga del “todos” y no haber pensado en cómo proyectar una Bogotá más incluyente.

 

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