El teatro de un país adolorido

En el año de la paz, de un eventual posconflicto, el arte se convierte en la mejor medicina para contar las historias que llevan tantos años en el silencio.

El Festival Iberoamericano de Teatro es la clase de proyectos que le demuestran a Colombia que hay otras formas de contarse y construirse.

Arrancó el Festival Iberoamericano  de Teatro de Bogotá, que completa 15 ediciones en las que, a punta de la determinación, profesionalismo y visión de los artistas colombianos, se ha posicionado como el festival de teatro más grande del mundo. El teatro está de fiesta y ojalá el país entero se una a la celebración.

Hoy, a partir de las 3:00 p.m., 26 comparsas nacionales y 1.000 artistas se tomarán la carrera Séptima en Bogotá, desde la plaza de toros hasta llegar a la Plaza de Bolívar, en un desfile que demuestra todo lo que los colombianos pueden esperar del Festival. El mensaje más importante, sin embargo, es que todas las manifestaciones artísticas caben en este país que está buscando reinventarse.

Ya hemos hablado en este espacio sobre la ceguera política que les resta presupuesto a las apuestas culturales cada vez que, por muchos motivos ajenos a esa área, el país tiene que apretarse el cinturón. Al igual que los esfuerzos que se hacen en Cartagena con la música y el cine como los centros de atención, la pluralidad de espectáculos que ofrece el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá es, ante todo, refuerzo de la idea de que hay otras formas de ser y contarse en Colombia. Su resistencia a lo largo de distintas administraciones y su posición actual como un evento cultural indispensable en la identidad del país dan esperanza en que a través del arte se pueden construir nuevas realidades sociales.

Los números de esta edición del festival son impresionantes: 44 salas, 88 espacios, 1.356 funciones y 3.872 artistas, con México como el invitado de honor. Desde obras experimentales de teatro contemporáneo hasta nuevas versiones de clásicos de la dramaturgia, ojalá que colombianos de todas las edades vayan a experimentar historias contadas en todas las formas narrativas en las tablas y fuera de ellas. Ciudad Teatro, por ejemplo, que del 18 al 27 de marzo convertirá Mundo Aventura en un ecosistema de otro universo para hospedar funciones de todo tipo de obras, promete ser un espacio inolvidable.

Cuando se le apuesta con tanta pasión a la cultura, cosas buenas empiezan a pasar. Además de lo mencionado, los espacios de enseñanza teatral sirven para consolidar el talento colombiano, así como para encender la chispa de la imaginación entre quienes son ajenos a las oportunidades que ofrece el arte.

Que el teatro siga vivo y con fuerza en un país como Colombia no ha sido tarea fácil. Son cientos de compañías de teatro a lo largo y ancho del país que con las uñas buscan sobrevivir entre la falta de audiencia y de presupuesto. Ojalá esta sea una oportunidad para que asistamos en masa a ver las historias que están contando.

Y aquí nos repetimos: en el año de la paz, de un eventual posconflicto, el arte se convierte en la mejor medicina para contar las historias que llevan tantos años en el silencio, para mirarlas de frente, para empezar a sanar y para empezar a construir una Colombia que deje de entenderse a partir de la violencia. También, por qué no, sirve para demostrar que en este país se puede vivir del talento y que las tablas son una alternativa viable a la pobreza y todo lo que viene con ella.

Falta mucho por hacer, pero también hay mucho para celebrar. Vamos al teatro.

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