El terror se desborda

La estrategia sigue siendo la misma: causar el mayor número posible de víctimas, muertos y heridos, para que la sensación de inseguridad siga permeando a los ciudadanos de aquellos países que los fundamentalistas islámicos consideran sus enemigos declarados.

Los atentados recientes del Estado Islámico demuestran que el mundo está en jaque por culpa del terrorismo.

“Ha ocurrido lo que temíamos". Esta lacónica y contundente frase de Charles Michel, primer ministro de Bélgica, tras los dos atentados en Bruselas, demuestra hasta dónde la amenaza del terrorismo es una realidad cotidiana en diversos lugares del mundo. A los más de 30 muertos y decenas de heridos en Bélgica hay que sumar los de los recientes atentados en Turquía, Irak, Siria, Indonesia y Nigeria, vinculados con el llamado Estado Islámico (EI). El mundo mira impotente y crece la xenofobia.

Los sitios escogidos fueron de nuevo dos espacios atestados de civiles inermes: el aeropuerto y un vagón de metro en hora pico. La imposibilidad de que las autoridades pudieran controlar el contenido de cada maleta que llevaban los pasajeros a la terminal aérea o las mochilas o paquetes de quienes viajaban en el metro fue la principal aliada de los terroristas. La estrategia sigue siendo la misma: causar el mayor número posible de víctimas, muertos y heridos, para que la sensación de inseguridad siga permeando a los ciudadanos de aquellos países que los fundamentalistas islámicos consideran sus enemigos declarados. En este caso el disparador fue la reciente captura en Bruselas de Salah Abdeslam, el yihadista responsable de los sangrientos ataques en París. La venganza no se hizo esperar y aquí están los repudiables resultados.

¿Por qué en la capital belga? Según los conocedores, hay varios motivos. En este país se concentran las más importantes instituciones europeas. La estación de metro de Maalbeek queda muy cerca de las sedes de la Comisión Europea y del Consejo Europeo, cuyos niveles de seguridad habían aumentado considerablemente, pero no se esperaba que el ataque fuera contra este medio de transporte de muchos de los funcionarios que allí laboran. Además, en Bruselas está la sede de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que representa el poder militar más importante en dicha parte del mundo. De esta manera se entiende lo estratégico de golpear de manera directa el corazón de Europa. El impacto de la noticia así lo demuestra.

Pero ahí no termina la explicación. Por diversos motivos, entre ellos la generosa política de recepción de inmigrantes de los países árabes que décadas atrás pusieron en práctica gobiernos socialdemócratas, Bélgica cuenta con una alta población de musulmanes cercana al 6%, algo más de 600.000 personas. En pleno centro de su capital existe un popular barrio, Molenbeek, que se ha convertido en un microcosmos de la situación que se vive en los países islámicos. Habitado por migrantes marroquíes, es considerado el segundo municipio más pobre del país y uno de los que tienen mayor densidad poblacional. Entre ellos, el número de jóvenes que no encuentran trabajo o posibilidades de insertarse en la vida social en igualdad de condiciones es muy alto. De ahí que los autores materiales o intelectuales de los atentados en Francia, o el de Atocha en España, hayan pasado por allí.

Esta realidad permite entender por qué cerca de 300 jóvenes belgas viajaron a Siria para recibir entrenamiento militar e integrarse a la lucha que lleva a cabo el EI en Oriente Medio. O, como se ha comprobado en los últimos meses, que más de 100 hayan regresado para sumarse a las células terroristas en territorio europeo. El propio Salah Abdeslam nació en Bélgica, adquirió también la nacionalidad francesa y, tras los atentados en París, terminó por regresar al sitio donde creía estar a salvo para coordinar nuevos atentados.

De momento, tras la condena unánime y los llamados a la unidad para enfrentar este cáncer violento, aumenta la preocupación de que los partidos nacionalistas de derecha sigan ganando adeptos ante el temor que se apodera de los ciudadanos europeos frente al terrorismo. Este es uno de los grandes retos que hoy tienen ante sí los gobiernos y las autoridades del Viejo Continente frente a la nueva oleada de barbarie yihadista.

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