El transporte eléctrico

Hace un mes, el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, presentó el plan de ascenso tecnológico del Sistema Integrado de Transporte (SITP), que pretende incorporar tecnologías de cero o bajas emisiones en ruta probadas en el banco de pruebas bogotano, con unos 200 buses híbridos en el corredor verde de la Carrera Séptima.

En una segunda etapa, unos 790 buses con este tipo de tecnologías deberán circular en 23 de las rutas iniciales seleccionadas dentro del componente zonal, mientras se expande la flota, y un número por definir de buses tipo Transmilenio  lo harán en las rutas troncales, garantizando la eficiencia y flexibilidad del sistema actual.

La iniciativa es plausible. Los bogotanos no pueden seguir enfermándose a causa de las emisiones producto de la obsolescencia tecnológica de los buses diesel, así se intente reducir las emisiones con cosechas tipo Euro V y con filtros de partículas, ya que las más finas seguirán causando estragos en la población de niños y viejos.

Empero, aún existen numerosas preguntas que merecen sólidas respuestas para que, como ya empieza a convertirse en tendencia con la administración local, no vaya a terminar esta siendo otra  iniciativa que se queda en la teoría sin aplicación práctica efectiva y eficiente.

Por ejemplo, ¿se han realizado pruebas para determinar los costos operacionales  de las nuevas tecnologías y verificar si éstas tienen impacto sobre la tarifa? Parece claro que los costos de operación y de mantenimiento de los buses eléctricos son más bajos que los de los híbridos, y mucho más que los de los diésel, pero ¿será suficiente este ahorro para compensar los costos adicionales que representa la implementación de las nuevas tecnologías? ¿O cuál es el plan para financiar la transición?

La otra gran pregunta es alrededor de la tecnología que se escogerá. La administración distrital ha sugerido el retorno a los trolebuses con tirantas y cables aéreos que circularon por  Bogotá hace más de 40 años. ¿Con qué argumento? Básicamente, que se trata de una tecnología ya probada y que requiere una inversión menor.

Sí, probada está, pero también en sus últimos extertores de eficiencia, pues los enormes costos de mantenimiento de la infraestructura están llevando cada vez más a las ciudades donde aún subsiste esta tecnología a no expandir nuevas redes y a comenzar a buscar alternativas. Ni qué decir de nuestra capital, que tendría que comenzar por extender las redes eléctricas aéreas por toda la ciudad.

El mundo se mueve hacia el transporte eléctrico y es bienvenida la nueva tecnología,  económicamente factible, socialmente deseable y ambientalmente sana. Pero una decisión orientada hacia tecnologías obsoletas, así signifique un avance frente a la situación actual, podría ser un salto al vacío. El mundo está en otra fase tecnológica en materia de buses de gran capacidad, libres de emisiones, tecnología que seguirá evolucionando sin parar por décadas y que se pagará  gracias a los ahorros garantizados por el mejoramiento en la salud y la reducción de muertes prematuras. Estudios hechos en Bogotá demuestran que ese  argumento justifica el avance.

 Sí, puede que los trolebuses resulten más baratos —y eso si no se contabiliza la infraestructura eléctrica requerida, hoy inexistente— y que lleven años funcionando en muchas ciudades, pero tomar la decisión con base en esos argumentos sería casi como haber desechado la potabilización del agua porque era más costoso tratarla que consumirla directamente del río. No nos atrevemos a decir cuál sea la mejor tecnología, pero de lo que sí estamos seguros es que se requiere de un estudio más riguroso y comparado con otras soluciones que se están implementando en el mundo.

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