El triunfo de la sensatez, por fin

Era muy difícil un acuerdo entre el Eln y el Gobierno sobre este punto. Desde que iniciaron las negociaciones en Quito, Ecuador, y siguiendo el triste libreto de las Farc al principio de sus negociaciones con el Gobierno, los guerrilleros del Eln han mantenido una posición arrogante, terca y violenta. Los constantes atentados a la infraestructura, el ataque en Bogotá, el secuestro de varios periodistas y, recientemente, el asesinato de un ruso secuestrado eran testimonios de una organización sin gestos genuinos de paz. Se sabe, por supuesto, que era una forma perversa de hacerle presión al Gobierno, de recordarle el poder que aún mantenían y podían ejercer, pero en todo caso es un cálculo político costoso porque no tiene en cuenta que los colombianos ya están exhaustos de esa violencia mezquina.

Ahora que el Gobierno y el Eln (por fin) llegaron a un acuerdo para dejarse de atacar, esperamos que este sea un paso irreversible hacia el fin de ese conflicto. / Foto: AFP

El efecto más interesante cuando se decretan ceses bilaterales del fuego es que la violencia, antes omnipresente, queda en evidencia como algo irracional, innecesario; una herencia que debería quedarse para siempre en el pasado. Pasó con las Farc, donde el éxito del silencio de los fusiles fue tan rotundo que pronto los colombianos olvidaron cómo se sentía estar bajo la amenaza constante de las agresiones. Ahora que el Gobierno y el Eln (por fin) llegaron a un acuerdo para dejarse de atacar, esperamos que este sea un paso irreversible hacia el fin de ese conflicto. Colombia necesita empezar a pensarse sin el fantasma de la constante agresión.

Era muy difícil un acuerdo entre el Eln y el Gobierno sobre este punto. Desde que iniciaron las negociaciones en Quito, Ecuador, y siguiendo el triste libreto de las Farc al principio de sus negociaciones con el Gobierno, los guerrilleros del Eln han mantenido una posición arrogante, terca y violenta. Los constantes atentados a la infraestructura, el ataque en Bogotá, el secuestro de varios periodistas y, recientemente, el asesinato de un ruso secuestrado eran testimonios de una organización sin gestos genuinos de paz. Se sabe, por supuesto, que era una forma perversa de hacerle presión al Gobierno, de recordarle el poder que aún mantenían y podían ejercer, pero en todo caso es un cálculo político costoso porque no tiene en cuenta que los colombianos ya están exhaustos de esa violencia mezquina.

Pese a lo anterior, y gracias a los esfuerzos prudentes y disciplinados de los negociadores del Gobierno, se logró un acuerdo que era prerrequisito para seguir avanzando en una mesa que está a contrarreloj. Ayer, el presidente Juan Manuel Santos hizo un anuncio que, ojalá, será histórico si lleva al fin del conflicto con el Eln: “Hoy, 4 de septiembre, exactamente cinco años después de que anunciamos el acuerdo marco con las Farc que nos condujo a la paz con esa organización guerrillera, vamos a firmar en Quito, después de intensas negociaciones que terminaron esta madrugada, un acuerdo para declarar un cese al fuego y de hostilidades bilateral con el Eln”.

Según explicó el presidente, la medida comenzará a regir el 1° de octubre y “tendrá una vigencia inicial de 102 días, es decir, irá hasta el 12 de enero del próximo año, y se renovará en la medida en que se cumpla y se avance en las negociaciones sobre los demás puntos”. Durante dicho período cesarán los secuestros, los ataques a los oleoductos y demás hostilidades contra la población civil. Es decir, a partir de octubre, y por primera vez en décadas, los colombianos podrán vivir en un país sin la amenaza de las Farc ni del Eln, y nuestras Fuerzas Armadas podrán concentrarse en enfrentar los grandes retos de seguridad que quedan en las regiones, pero que tienen fuentes distintas a las que han secuestrado el imaginario de la nación.

Porque ese es tal vez el mejor regalo que estos procesos de negociación le han dado a Colombia: la claridad sobre sus verdaderos problemas; la desaparición de distracciones que mantenían oculto el iceberg. No en vano, desde que las Farc firmaron el acuerdo, la atención nacional se ha centrado en la corrupción y en los tentáculos del narcotráfico y los grupos ilegales organizados alrededor de esta práctica delictiva. Ahí se librará la nueva guerra, una donde la institucionalidad necesita centrar todos sus esfuerzos.

Por eso, esperamos que este cese temporal se convierta en definitivo. Invitamos, de nuevo, al Eln a seguir el ejemplo de las Farc. Además de bajar los fusiles, deben bajar la violencia retórica, las posiciones que no tienen en cuenta el clamor de los colombianos, por ejemplo, contra el secuestro. En pleno año electoral, esta guerrilla debería aprovechar la buena voluntad del Gobierno para llegar a buen puerto lo más pronto posible. Se vale seguir demostrando que hablando, y apostándole a la democracia, los opuestos pueden llegar a puntos en común, por el bien del país. Celebramos este anuncio y esperamos muchos más.

 

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