Encuestas electorales: ¿un perjuicio?

Faltan menos de 15 días para que se resuelvan los comicios regionales y locales, y, de paso, se sepa quién gobernará al país en estas instancias durante los próximos años.

Aparte de los problemas connaturales que se dan en Colombia para las elecciones (compra de votos, registros falsos, amenazas, control de candidatos a manos de la violencia, etcétera), hay un asunto que, pensado como un instrumento de ayuda a electores y candidatos, a veces resulta perjudicial: las encuestas de intención de voto.

No hablamos sólo de aquellas que se hacen de forma amañada, con un rigor nulo y poca precisión —presentadas como serias y creíbles—, que por sí mismas representan una dificultad muy grande, sino también de aquellas que proveen información verídica. Nosotros, como medio que las publica, somos parte del problema, por supuesto. Pero la cuestión de las encuestas es mostrar puntos de referencia y, sobre todo, información de una situación aislada. Es decir, no pretenden de ninguna forma definir un voto.

El problema muy probablemente no sea el mensajero sino el mensaje. O, más bien, la forma en que éste es asumido por la ciudadanía y por los candidatos.

Los primeros empiezan a modular su voto, a pensar que no existen más alternativas y a ser triunfalistas o pesimistas sobre sus aspirantes. Y no es así. Si bien las encuestas son una fotografía de un momento dado y de una intención, su expresión en la realidad puede llevar a sorpresas. Recordemos la primera vuelta presidencial de 2010 en que un Mockus respaldado por las encuestas y prácticamente empatado con Santos terminó en un muy distante segundo lugar.

Y los candidatos, peor. La lección que debería emerger por ocupar un lugar desfavorecido en las encuestas sería concentrarse en la campaña: cómo cambiar la estrategia, los discursos, las líneas del debate, los puntos prioritarios de sus programas. Pero en muchas ocasiones se traduce en acometer conductas despreciables: propaganda negra contra los otros candidatos, compra de encuestas para favorecerse y, de rebote, entrar en esa mecánica perversa que las encuestas suponen. El segundo gran problema es que se van despachando candidatos con el timorato y muy frecuente argumento de que “no va a ganar”.

Ayer terminó en Bogotá la Caravana de la Democracia, promovida por la alianza de Caracol Radio, Caracol Televisión y El Espectador y que con gran éxito recorrió las principales ciudades del país. Bien podría ser acusada esta iniciativa de caer en lo que se critica. Ciertamente, contratamos encuestas, serias eso sí, y, por razones prácticas, en los debates ‘radiowebtelevisados’ solamente pudimos invitar a quienes marcaban las más altas intenciones de voto en cada ciudad. ¿Contradicción? En parte, pues la llegada de la caravana a cada ciudad trajo informes especiales que incluyeron a todos los candidatos y tanto en los informes como en las encuestas se indagó por las principales preocupaciones de los ciudadanos.

De nuevo, el problema no son las encuestas y sus resultados puntuales. Lo importante es que los votantes puedan mirarlas como lo que son: una foto del momento, una veleta que puede variar su posición con un sutil cambio del viento. No por estar de último, un candidato está derrotado. No porque “sus propuestas sean buenas, pero no tiene apoyo” se debe dejar de confiarle el voto. Es más, el voto que no gana tiene también una importancia política nada desdeñable.

Ojalá, pues, que dentro de once días los ciudadanos pudieran tener en cuenta estas reflexiones y acudir con un voto honesto y convencido a las urnas. Uno que no se venda a alguna tendencia populista y genere desencuentros en el futuro. El voto es vital. Por ende, no hay que entregarlo sin más consideración a la marea nebulosa de las encuestas.

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