Enviado especial

El viernes en la tarde fue anunciado el nombramiento de Bernard Bernie Aronson como enviado especial de Estados Unidos para el proceso de paz que se negocia en Cuba entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las Farc.

Ambas partes han saludado con entusiasmo la llegada de este hombre que reafirma, mucho más allá de los discursos, el apoyo material de ese poderoso país al anhelo generalizado de que esta negociación concluya acá, al menos, con un balance positivo.

La hoja de vida de Aronson no deja nada que desear. Es un hombre preparado para asumir dicha responsabilidad (que no es poca): subsecretario de Estado para el Hemisferio Occidental de 1989 a 1993, parte del Instituto Democrático Nacional, también de Conservación de la Naturaleza, del Equipo de Conservación de la Amazonia y del Consejo de Relaciones Internacionales. Pero, acaso mucho más importante y significativo para quienes no conocen esas entidades, jugó un papel determinante en la resolución de conflictos en países como El Salvador o Nicaragua. Esperamos que pueda poner toda esta experiencia al servicio de la paz colombiana que hoy se negocia.

La nuez del asunto es que el apoyo de Estados Unidos al proceso es necesario, así a más de uno no le parezca. Por todo. No solamente por ser uno de los países líderes en cuanto a la formación de la opinión pública mundial, sino también porque ese país, su presencia sobre todo, ha sido transversal a esta guerra que hemos vivido en Colombia. El nombre de Estados Unidos recorre la historia del conflicto armado que estamos intentando resolver. Y eso es algo que nadie puede negar: si antes ha prestado su apoyo para otras causas, pues este es el momento preciso para sumarse a esta.

De todo un poco, claro está: hemos visto su nombre reproducido en políticas como el Plan Colombia (que era, a grandes rasgos, una estrategia bilateral de fortalecimiento del Estado colombiano), o como parte frontal de una lucha contra el narcotráfico que hoy es cuestionada desde distintos rincones del mundo, o, para ir más lejos en la historia, el país que puso en marcha el Plan Laso (por sus siglas en inglés): una estrategia norteamericana aplicada en América Latina que buscaba garantizar la seguridad frente a la avanzada comunista. Dicha política desembocó en la operación Marquetalia, mito fundacional de las Farc. Y así, un año tras otro. La frase cómica con la que el lúcido Jaime Garzón (una víctima más de la violencia de este país) resumió todo este fenómeno de presencia estadounidense constante (caricaturizándola, claro está) fue: “y el gringo, ahí”.

Ambas partes de la negociación perciben la influencia de Estados Unidos de una forma distinta, como quedó expreso en los divergentes informes de la Comisión Histórica del Conflicto. Es algo que resulta, por demás, bastante natural. La guerrilla lo ve como un país imperialista al que le exigen el retorno inmediato de su líder Simón Trinidad, extraditado allá por delitos que cometió acá. Y el Gobierno lo ve como un país aliado para el ejercicio del libre intercambio económico y fundamental para la puesta en marcha de ciertas políticas. Y, sin embargo, a la luz del proceso de paz, unos y otros ya lo han recibido como un aliado en esta tarea urgente de ahora para terminar el conflicto.

Es por todas estas razones que vemos con buenos ojos la ayuda que Estados Unidos está dispuesto a prestar con el fin de vigilar y asesorar el proceso. El buen puerto al que ojalá se llegue, depende en gran parte del apoyo y compromiso que este país brinde: no podría ser de otra forma.

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