Estudiantes dispersos

Aplaudíamos en este espacio, hace dos años, la actitud de los estudiantes frente a la propuesta de reforma a la educación superior planteada en su momento por el Gobierno: unidos, propositivos, creativos en sus protestas frente a una desconcertada fuerza pública, influyentes.

Las fotos de los jóvenes dándole abrazos a la policía le dieron la vuelta al mundo. Y sembraron la esperanza. Una que, sin duda, podía capitalizarse.

Y así, a punta de esa simbología, lograron consolidarse como una fuerza ciudadana influyente. La persistencia generó que la ministra del ramo, María Fernanda Campo, aceptara retirar el proyecto para discutir sus temas de manera más amplia e incluyente. Los estudiantes ganaron. Se consolidó así una oportunidad, pensábamos, acaso histórica: podría ser que, mano a mano, se generara una propuesta nueva de una reforma que en este país es más que necesaria. Un consenso entre fuerzas políticas y ciudadanas que no dejara excluido a nadie. Pensamos mal. Todo esto se desinfló tan rápido como se armó.

Fue en cabeza de la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE) que el movimiento se gestó. O, por lo menos, a ellos llegó esta responsabilidad visible de representar los intereses del estudiantado. Sin embargo, y pese a que al principio lucían muy proactivos en sus propuestas, las cosas en la MANE se tornaron lentas: apenas elegir a sus directivas costó mucho tiempo. Han pasado dos años desde las protestas y el proyecto de ley alternativo que, según sus cuentas, estaría listo hace uno, es un compendio de 100 artículos llamado “Elementos preliminares de articulado”, en el que, sí, se hace una explicación de lo que ellos pretenden y los principios que siguen —y deberían pensarse para el sistema educativo—, pero que aún le falta.

¿Qué pasó? Tal parece que la MANE, bienintencionada, se ha ido desintegrando poco a poco. No hay otra explicación. Y peor que eso: se ha aislado de otros actores válidos dentro de la discusión por la educación, con lo cual su voz ha perdido fuerza y legitimidad.

A juzgar por lo que dicen y hacen, buscan espacios directos con el gobierno de Santos y no de interlocución, como se los ha pedido el Consejo Nacional de Educación Superior (Cesu). Por dar un ejemplo concreto, el arrojar una cifra posible de inversión en la educación superior tiene que basarse en fundamentos expresos: qué tipo de modelo queremos, qué infraestructura es necesaria, qué cambios hay que hacer. La MANE lo hace en sus “Elementos preliminares de articulado”, es cierto, pero lo hace sola, como queriendo imponer una visión particular de lo que es necesario. ¿Esa era la idea?

Claro que no. Porque algo va de sus intereses particulares al de todo el estudiantado, al de los profesores, al de los rectores. Por eso fue que su marcha de hace una semana no convocó tanto como antes. Si se mantienen en esa línea férrea, caerán en los excesos de determinación que le criticaban al Gobierno hace dos años. Y la reforma, mientras tanto, no existirá o cuando menos no abarcará sus propuestas.

Las críticas abundan. Hace apenas dos días, Luis Arango, presidente del Sistema Universitario Estatal, dijo que la MANE malinterpretó la cifra de $11,3 billones que, según su estudio, es lo que faltaría a mediano y largo plazo para fortalecer el sector, y no que esa cifra se les adeude a las universidades, como afirmó la Mesa durante la marcha. Y así.

Lo importante ahora es que el estudiantado pueda encontrar una representación legítima. ¿Qué harán sus grupos influyentes? ¿Cómo responderán ante estas críticas? De no pensar en esto, lástima, el mismo escenario de imposición al que nos han acostumbrados será el que prime. Y las imágenes que le dieron la vuelta al mundo no serán más que un lindo recuerdo.

 

 

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