¡Por fin!

Ayer al mediodía supimos que el presidente Juan Manuel Santos incluyó a dos mujeres en la mesa de las negociaciones que adelanta su gobierno con la guerrilla de las Farc en La Habana, Cuba.

 Enhorabuena esta noticia. Estábamos, al igual que muchas defensoras de los derechos de las mujeres, esperándola hace dos largos años, cuando todo este episodio comenzó.

Se trata en esta ocasión de María Paulina Riveros y Nigeria Rentería, quienes entrarán a la mesa como negociadoras plenipotenciarias: esto es, dicho en cristiano, en las mismas condiciones de quienes han estado allá dialogando. La una, experta en derecho y conciliación, que, según el presidente, dará nuevas ideas en los temas de cultivos ilícitos, víctimas y territorios; la otra, que es alta consejera para la Equidad de la Mujer, llevada allá para que exista en la mesa (por fin) un enfoque de género y una interlocución con los grupos y organizaciones de mujeres que desde Colombia levantan su voz.

Dijo el presidente en su discurso: “Ellas, como todos los negociadores, son nombradas —más que en representación de un grupo determinado— por sus méritos y por el aporte positivo que pueden dar al proceso, como estoy seguro de que ocurrirá”. Al contrario, pensamos. Es importante que sean representantes de un grupo determinado. Era inexcusable que en la mesa de negociación, aparte de los obvios expertos en sus temas, no hubiera una sola mujer.

Hace doce años el Consejo de Seguridad de la ONU reconoció en una resolución que la única paz sostenible —esa que se forma con mucho más que la simple firma de un acuerdo— es la que se pacta en una mesa donde hay hombres y mujeres. Así, a secas. Y, hasta el día de ayer, las mujeres, es cierto, tenían cierto protagonismo en la mesa, pero tras bambalinas. No las veíamos nunca. Patrón que, no sobra decirlo, se replica en toda Colombia: en sus empresas privadas y ministerios públicos, en sus negocios y en la propia vida cotidiana.

Mantener estos antipáticos estándares en el lugar donde se pacta una paz que podría ser histórica era un error grandísimo. Era decirle al mundo que aquí en Colombia la guerra y la paz, como hace 4.000 años, se hacen y se firman exclusivamente entre hombres. Y no es así.

Miremos, pues, la guerra. Las mujeres, tal y como lo dijo la Corte Constitucional en el auto 092 de 2008, son más propensas a ser víctimas de la violencia sexual —en muchos contextos, su cuerpo es un trofeo de guerra—, la esclavitud en las labores domésticas, el reclutamiento forzado, la discriminación y los asesinatos. Human Rights Watch dijo este año que una de cada dos mujeres desplazadas por el conflicto armado es víctima de la violencia de género. Y, por sólo estar conformada la mesa por hombres, temíamos que, en un eventual éxito de estas conversaciones, todo el tema de las agresiones sexuales quedara por fuera de la verdad, la justicia y la reparación. Intolerable.

Ahora tenemos al menos un parte de tranquilidad al respecto. La ONU destacó el nombramiento de estas dos mujeres: “no se puede hacer la paz sólo en nombre de los hombres”, dijo Fabrizio Hochschild, coordinador residente de las Naciones Unidas en Colombia. Toda la razón le asiste.

Tarde llegó la decisión, es cierto, pero al menos llegó. Que se sienten, pues, estas dos mujeres a dialogar sobre un eventual futuro de Colombia en paz. Que sus opiniones sobre los temas —un enfoque nuevo, una perspectiva distinta— logren tener eco en esa hermética mesa.

 

 

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