La frustración violenta de los taxistas

Si bien hay motivos para la protesta, utilizar vías de hecho les resta cualquier simpatía posible a los reclamos de los taxistas.

La violencia en las protestas de los taxistas le resta atención al verdadero problema de fondo: sus precarias condiciones laborales.

Cualquier protesta social pierde su legitimidad cuando se torna violenta sin justificación. El lunes, la capital del país vio otro paro de taxistas, quienes ante la frustración están adoptando vías de hecho que se tornan cada vez más peligrosas. El problema de fondo, por supuesto, es que hay vacíos regulatorios y otras prácticas perversas que han convertido ese oficio en uno ingrato y con serios problemas. Pero lo único que logran fomentando el caos es seguir manchando su lastimada reputación y enemistando a la ciudadanía, sus clientes esenciales.

Fueron cerca de 500 taxistas los que protestaron el lunes en las calles de Bogotá, pero la atención de la opinión pública se centró —con justa causa, valga decirlo— en el saldo negativo del día: agresiones a pasajeros, a quienes bajaron de los taxis con amenazas; sabotaje a los taxistas que no se unieron al paro, varios de los cuales terminaron con las llantas de su vehículo pinchadas; carrocerías dañadas y huevos en el parabrisas, y además se vieron varios taxis con las placas ocultas. Una cosa son los trancones producto de la operación tortuga, que ya de por sí es un método invasivo de protesta, pero la violencia vista es simplemente inaceptable. Así es muy difícil simpatizar con sus demandas.

Especialmente porque esa actitud, si bien no representa a todo el gremio, sirve para reforzar los estereotipos y las quejas que la ciudadanía ha venido presentando sobre los taxistas. En síntesis, los taxis en la capital son vistos como un servicio ineficiente, hostil y peligroso. Por eso, alternativas que operan en las lagunas jurídicas, como Uber, pese a sus costos exagerados, triunfan y tienen tanta aceptación entre los usuarios. Los reclamos de los taxistas contra las plataformas digitales, en ese contexto, parecen más la pataleta de un mal servicio que se rehúsa a mejorar y a ser autocrítico, que a unos trabajadores que están viendo cómo sus condiciones laborales están cada vez peor, y quienes están a merced de unas autoridades reguladoras ineficientes y de unos dueños de cupos que han creado con ellos un mercado que se salió de control.

Porque sí hay mucho por lo cual protestar. Sólo el 17 % de los taxistas son dueños de su vehículo, lo que significa que después de doce horas de trabajo sólo reciben en promedio $50.000. El resto se va al producido (alquiler del taxi), que está entre $60.000 y $100.000. Adicionalmente, se van aproximadamente $40.000 en gasolina, más otros $18.000 semanales por lavar el carro. Por supuesto, no tienen seguridad social ni prestaciones. El negocio redondo es para los dueños de los cupos.

El que compró un cupo en $3 millones a mediados de los 90, ahora podría venderlo por casi $100 millones en Bogotá. Si se tiene en cuenta que hay 52.768 taxis autorizados, el negocio de los cupos rondaría los $5,2 billones sólo en la capital. Con un añadido: los cupos no pagan impuestos y, además, no están regulados. La rentabilidad de las más de 500 empresas de taxis en el país no contribuye al erario, ni se utiliza para garantizar el bienestar de sus empleados. ¿Por qué no se ha hecho nada?

La frustración reciente de los taxistas, sin embargo, se ha centrado en las plataformas digitales. Sobre eso ya nos hemos extendido en estas páginas, pero no sobra recordar la idea principal: ni el Gobierno ni el Congreso han sido capaces de expedir una regulación que solucione el tema, creando un ambiente de ambigüedad jurídica que ya hemos visto terminar en violencia. Claro, como un conductor de Uber (por citar un ejemplo) no tiene que lidiar con los costos de los cupos, la sensación de competencia desleal que sienten los taxistas es entendible. Insistimos: esta discusión, que debería liderarla el Ministerio de las TIC, está en mora y es urgente.

Ante la falta de voluntad política, seguiremos condenados a protestas cada vez más agresivas y a una guerra entre taxistas, conductores de servicios especiales y los ciudadanos. Esto no puede seguir así.

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