La hora del nuevo sueño cafetero

Crucial que una de las instituciones más trascendentes para centenares de municipios del país mantenga su tradición de diálogo y su capacidad de llegar a consensos.

El ejemplo del café, de la continuidad en sus políticas con visión de largo plazo a pesar de las dificultades, y de su capacidad de implementación y de ejecución de programas, es relevante en estas épocas de incertidumbre económica.

Se reúne a partir de hoy nuevamente la dirigencia cafetera del país en su LXXXIII Congreso Nacional Cafetero, bajo una atmósfera que contrasta ampliamente con la registrada hace pocos años. Las buenas nuevas, después de un proceso de acomodamiento que dejó algunas heridas, llaman a la unión del sector para beneficio de los productores y, con ellos, de muchas regiones del país.

Las cifras de la evolución del ingreso y productividad cafeteras son contundentes: a comienzos de esta década la baja cotización del dólar, la dramática reducción de la cosecha ocasionada por el fenómeno de La Niña de la época, la pandemia de roya y los bajos precios internacionales llevaron a que el valor de la cosecha cafetera apenas superara los tres billones de pesos y que la cosecha colombiana fuera inferior a los ocho millones de sacos. Al cierre del 2016 se espera una cosecha que ya se acerca a los 15 millones de sacos, con un valor que supera los siete billones de pesos.

Este significativo logro de doblar la productividad promedio en Colombia fue posible gracias a una política de Estado consensuada con los cafeteros, que comenzó a ejecutarse en los últimos años del gobierno de Álvaro Uribe Vélez y se implementó aceleradamente en las dos administraciones de Juan Manuel Santos. Se aceptó que para poder renovar las plantaciones sería necesario sacrificar capacidad productiva durante ciertos años, es decir, “retroceder para avanzar”, lo cual sin duda acarrearía costos políticos y tensiones. Tensiones que afloraron en mayor magnitud en el 2013, cuando se presentaron protestas sociales agrarias en el país en las cuales los cafeteros fueron actores de primera línea. Los criticados subsidios al café aseguraron que los cafeteros no desviaran el rumbo y mantuvieran sus plantaciones para cosechar el fruto de su trabajo. Bien valió la pena el esfuerzo. Los resultados están a la vista.

El ejemplo del café, de la continuidad en sus políticas con visión de largo plazo a pesar de las dificultades, y de su capacidad de implementación y de ejecución de programas, es relevante en estas épocas de incertidumbre económica. Es una prueba de que el Estado y los sectores privados pueden asumir desafíos con políticas de Estado consistentes que trascienden los períodos presidenciales y que pueden alcanzar logros significativos.

Desde esta tribuna siempre hemos celebrado que una de las instituciones colombianas más trascendentes para centenares de municipios del país mantenga su tradición de diálogo y su capacidad de llegar a consensos para el bien común. Contrario a lo que supone la sabiduría convencional urbana, el gremio cafetero es uno de los activos más valiosos para el desarrollo rural de buena parte del país. Para superar los retos del sector rural no va a ser suficiente acopiar recursos, sino ejecutarlos eficiente y transparentemente, como lo demostraron las campañas de renovación de cafetales que la Federación lideró en los últimos años.

Después de las metas cumplidas en Valor Agregado y en Renovación que la cafeteros se plantearon en lo corrido de este siglo, esperamos que en el Congreso de esta semana los productores del grano vuelvan a sorprender al país con un nuevo propósito que los una, un nuevo derrotero dirigido a beneficiar al productor como el actor más importante de la cadena. Llegó la hora de un nuevo sueño.

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