Indignados del mundo

La reciente jornada de protesta global, en su inmensa mayoría protagonizada por jóvenes sin mayores opciones, es consecuencia del justo malestar existente ante los problemas económicos y sociales generados por las drásticas medidas aplicadas para paliar los efectos de la crisis económica y la sensación de que los verdaderos culpables de la misma no han sido castigados proporcionalmente. Lo heterogéneo del movimiento sumado a lo gaseoso de sus postulados y reivindicaciones, así como la falta de estructura, han generado más dudas que certezas sobre su futuro.

En principio este parece estar emparentado, de una u otra manera, con las grandes movilizaciones del 68 y las protestas antiglobalización de hace unos años, así como ser consecuencia indirecta de la Primavera Árabe. Paradójicamente de allí se deriva su fuerza y su debilidad. El movimiento de finales de los 60 fue una causa común de reivindicación alrededor de una serie de emotivas consignas y postulados. Pasado su efecto inmediato el legado se fue diluyendo, y de la acción colectiva los esfuerzos pasaron en adelante a ser individuales. Hace unos años aparecieron las protestas antiglobalización que terminaron derivando en batallas campales contra la policía en los sitios donde tenían lugar importantes reuniones multilaterales. Su legado, más allá de una serie de eslóganes, como que otro mundo es posible, así como los arrestos masivos y los actos de vandalismo de algunos desadaptados, no terminaron por calar en la mayoría de la opinión pública.

De ahí que el surgimiento en España del 15-M —en el cual cientos de personas se tomaron lugares emblemáticos— fuera visto como una válida manifestación de descontento, pero sin que se le augurara mayor duración. Sin embargo, el movimiento no sólo ha permanecido y se ha fortalecido allí, sino que se ha ido extendiendo a otros países gracias al uso eficiente de las redes sociales. En Grecia, Italia, Australia, Inglaterra, Chile, Israel y EE. UU., por citar algunos casos, cientos de miles de Indignados se han lanzado a las calles con diversos tipos de reivindicaciones vinculadas a la falta de empleo, la crítica al abuso de los mercados, la necesidad de vivienda, el rechazo a la clase política a la que consideran inepta y corrupta, y un largo etcétera. En cerca de mil ciudades, en más de 80 países, entre ellos Colombia, estos grupos se hicieron sentir y han revivido la idea de la acción colectiva.

En una reciente entrevista al polaco Zygmunt Bauman, éste pone el dedo en la llaga al valorar los elementos positivos de esta protesta global como respuesta a los altos niveles de insatisfacción. Pero al mismo tiempo es muy claro al advertir que así como la emocionalidad que acompaña a los manifestantes ha sido esencial para lograr una amplia convocatoria y masivas movilizaciones, dicha emoción sin una estructura y liderazgo puede terminar “evaporándose” en la medida en que repita el tránsito por un camino similar al que siguieron sus antecesores de los 60. De esta manera, si las fuerzas económicas son globales y las consecuencias de sus actos también, los poderes políticos sólo pueden actuar en el plano nacional, lo que genera un bache entre la causa de los problemas y los remedios a aplicar. De ahí que la respuesta de los Indignados también termine volviéndose global.

De momento, es sano que frente a los problemas que se viven haya canales de escape mediante los cuales una sociedad hastiada de pagar los platos rotos pueda manifestar por medios pacíficos su inconformidad. Los políticos que, con corta visión, creen que van a usufructuar votos pescando en río revuelto pueden llevarse una sorpresa desagradable. Mientras tanto, el reto es que la efervescencia y el calor terminen mutando en alternativas serias, pacíficas y estructuradas, que no se conviertan, de nuevo, en flor de un día.

 

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