La insistencia

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Las Farc insisten. No ha bastado la muerte de algunos de sus líderes visibles a manos de la fuerza pública ni tampoco la muerte abyecta del otrora comandante en jefe, Tirofijo, quien se hizo viejo en un conflicto de cincuenta años.

Después de estos duros golpes —impensables diez años atrás— y del evidente debilitamiento frente a la ciudadanía de su imagen de guerrilla, los discursos suenan igual: que la lucha continúa, que los comandantes no han muerto en vano, que el autoproclamado “Ejército del Pueblo” sigue en pie.

Alfonso Cano fue dado de baja el pasado 4 de noviembre, después de una persecución estratégica por parte de las Fuerzas Militares. Once días de incertidumbre pasaron hasta que se supo quién sería su reemplazo: Rodrigo Londoño, alias Timochenko. No muy conocido por los colombianos —salvo, excepcionalmente, en la salida que hizo a los medios para comunicar la muerte de Tirofijo—, era, a juicio de los expertos en las movidas del Secretariado de las Farc, el nombre más lógico para asumir la jefatura del grupo armado. Con este símbolo el grupo parece mostrar, una vez más, su terquedad ante un evidente debilitamiento militar y de legitimidad. La salida por la vía pacífica —que a veces las mismas Farc han promulgado— debería hacerse patente en momentos como estos. Los gestos de buena voluntad no deberían hacerse esperar más.

¿El nombramiento de Timochenko como jefe máximo implica algo nuevo en nuestro conflicto? En cuanto al cambio en la ideología, parece que no. A juicio de Ariel Ávila, de la Fundación Arco Iris, este nombramiento asegura la continuación de la misma línea política y guerrerista que adelantaba Cano en su liderazgo. Quizás esta última más enfocada en la línea de inteligencia militar en la que Timochenko recibió entrenamiento especial en la Unión Soviética y la antigua Yugoslavia. Dicho en cristiano, esa guerra secular y sin miramientos seguirá. Las Farc se muestran inflexibles, muy ceñidas de antemano a sus estatutos, a sus líneas previas de mando, a una política unívoca que no ha cambiado desde hace años.

Sin embargo, para el Gobierno —y el Estado colombiano, en general— sí se levanta un nuevo reto. A pesar de que el ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, haya dicho que desconoce si el nuevo jefe máximo de las Farc se encuentra refugiado en Venezuela o no, sí es cierto que la zona estratégica de Timochenko es —y ha sido— el Magdalena Medio y la frontera con el vecino país. Después del restablecimiento de las buenas relaciones entre los dos países es muy difícil que se repita en la historia un episodio como el golpe dado en Ecuador a Raúl Reyes. Las Fuerzas Militares y el presidente Santos deben tener muy claro esto. Sin embargo, ya el ministro del Interior, Germán Vargas Lleras, anunció que el objetivo número uno del Estado sería el nuevo líder máximo y que la búsqueda por objetivos estratégicos continuará. Habrá que esperar a ver qué sucede con este nuevo líder. Una cosa fue perseguir a Cano en las escarpadas montañas interiores del Tolima y el Cauca y otra muy diferente hacerlo en zona de frontera.

El debate de fondo, sin embargo, está inmerso en la guerrilla misma, en esa forma de ver un país que ha cambiado —no siempre para bien— durante los cincuenta años que llevan en el monte, aislados, disparando armas; en ese discurso que, una y otra vez, se repite como si no se hubiera desgastado y perdido casi todo tipo de legitimidad. La paz en Colombia puede lograrse el día en que esto se entienda. Esa forma inflexible de ser, de pensar el conflicto, hace que el diálogo no sea posible. Contrario a lo que su reputación y su perfil indican, Timochenko debería ir más allá de las palabras de su antecesor y entender que las armas ya no son la forma en la que se toma o se transforma un Estado en aras de la justicia. Otro podría ser el camino. Es importante que lo sepa desde el primer día. Hay que ser optimistas en que algún día puedan entrar en razón.

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