Kenia: vuelve la barbarie

El pasado jueves, mientras millones de cristianos se preparaban para la llegada de la Pascua, 148 estudiantes de la Universidad de Garissa (Kenia) fueron asesinados por milicianos de Al Shabab, un grupo armado ilegal yihadista que hace presencia en esa parte del continente africano y que ha sido responsable de varios ataques terroristas en la zona. Como el ataque al centro comercial Westgate, en Nairobi, en el que murieron 72 personas.

No es solo que el fundamentalismo se haya apoderado a sangre y fuego de un recinto sagrado como es una universidad. Hay otra particularidad: casi la totalidad de los asesinados en Garissa eran cristianos. De acuerdo con los sobrevivientes, al principio, los milicianos dispararon indiscriminadamente. Pero luego empezaron a separar a los estudiantes entre musulmanes y cristianos. A aquellos que intentaban hacerse pasar por musulmanes, los obligaban a recitar el Corán y, al no hacerlo, los asesinaban.

Un testigo le dijo a AP que “si eras cristiano, te disparaban en el sitio”. “Nuestros hermanos son decapitados y crucificados ante nuestros ojos y nuestro silencio cómplice”, sostuvo el papa Francisco al respecto. Es deleznable perseguir a alguien por sus creencias. Todos —musulmanes, cristianos, ateos— tienen derecho a creer en lo que quieran y a que se les respete su credo. La base de la democracia es, precisamente, el respeto a estas diferencias.

Y al defender tales libertades no hay que discriminar entre unos y otros creyentes. Hay que recordar que, en este sentido, el fundamentalismo se ha convertido en un enemigo para todo tipo de creyentes, al atacar a inocentes que nada tienen que ver. Desde el atentado al semanario Charlie Hebdo, en Francia, hasta el secuestro de casi 230 niñas de una escuela en Nigeria por parte de Boko Haram.

Sin contar el ataque al museo del Bardo, en Túnez, en el que murieron 22 personas, entre ellas dos colombianos. O lo que ya parece ser una guerra civil en Yemen. Un conflicto aupado por Al Qaeda. De nuevo, el fundamentalismo muchas veces no discrimina, no teme asesinar a cristianos y a musulmanes por igual. Por ello, la idea no es condenar a los miles de millones de musulmanes alrededor del mundo, ni reducir lo que viene sucediendo a un tema exclusivamente religioso y perseguir, como lo hace el fundamentalismo, a quienes no tienen nada que ver.

Por esto mismo los medios keniatas han llamado a la sociedad para que permanezca unida y no se deje convencer de los odios que generan este tipo de actos. Esta no es sencillamente un “choque entre civilizaciones”. Hay que analizar a profundidad lo sucedido y tratar de entender sus implicaciones. Por ejemplo, hay que tener en cuenta sus nexos con negocios ilegales, como la venta de marfil, una de las mayores fuentes de financiamiento de Al Shabab.

Y, de la misma forma, no hay que perder de vista sus objetivos; en el caso de Al Shabab, el restablecimiento de un estado islámico en su natal Somalia. Por ello, su guerra contra todos y cada uno de los países, como Kenia y Etiopía, que han apoyado al actual régimen con tropas de paz. Estos conflictos, como lo evidencia lo sucedido con Boko Haram y Al Qaeda, ya no son nacionales. Son internacionales y deben ser asumidos como tales. Al Shabab ha prometido nuevos y sanguinarios ataques contra Kenia mientras haya tropas keniatas en Somalia. Por su parte, el gobierno keniata ha dicho que no se va a dejar “intimidar por los terroristas”. La amenaza, lastimosamente, sigue viva y es muy probable que crezca y la barbarie siga. La libertad, en muchos sentidos, está en juego.

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