La bomba de tiempo del exceso de peso

Aunque todos dicen estar a favor de combatir las malas prácticas alimentarias, la realidad es que las cifras demuestran que la batalla la estamos perdiendo. / AFP

Colombia está subiendo de peso y el problema parece agravarse con mayor velocidad a medida que pasan los años. Si no se enfrenta la situación con seriedad desde la perspectiva de las políticas públicas, junto con una conversación nacional que les haga notar a los colombianos sobre los riesgos que trae descuidar los alimentos, el ya emproblemado sistema de salud va a enfrentar una sobrecarga y el país tendrá una crisis sanitaria.

Hace unos días se presentaron los resultados de la Encuesta Nacional de Situación Nutricional (Ensin). Para realizarla, 235 personas recorrieron 295 municipios desde 2013, haciendo exámenes médicos, tomando muestras de sangre y pesando a las personas. Todo fue asesorado por la Universidad Nacional, el Instituto Nacional de Salud, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), el Ministerio de Salud y Prosperidad Social.

Los resultados son preocupantes. Mientras que en 2005 el 32,3 % de los adultos tenían sobrepeso, en 2015 ascendió a 37,7 %; la obesidad pasó de 13,7 a 18,7 %, y el exceso de peso presentó un aumento de más de diez puntos porcentuales. Hoy es de 56,4 %.

Además, en los menores de edad la situación está empeorando muy rápido. Para los niños entre 5 y 12 años, el exceso de peso creció de 18,8 % en 2010 a 24,4 % en 2015. Para aquellos entre 13 y 17 años, esa cifra era de 15,5 % en 2010 y hoy es de 17,9 %.

El ministro de Salud, Alejandro Gaviria, prendió las alarmas contando que un experto mexicano le dijo que ve síntomas similares en Colombia a los que vivió su país, que hoy tiene una crisis sanitaria por culpa del exceso de peso. La buena noticia es que todavía estamos a tiempo de tomar medidas que eviten que empeore el problema, la mala es que los líderes políticos e industriales no han mostrado mucha voluntad de hacerlo.

En el centro del debate ha estado el impuesto a las bebidas azucaradas. Es cierto que ese es un tema donde se ha evidenciado la poca disposición de la industria a aceptar regulaciones externas. Pero la conversación debe ir más allá de los ánimos caldeados que ha generado. Aunque todos dicen estar a favor de combatir las malas prácticas alimentarias, la realidad es que las cifras demuestran que la batalla la estamos perdiendo.

Hay que superar los mitos que han vuelto árido el debate. Primero, este no es un problema sólo de la clase alta. Como explicó César Rodríguez en El Espectador, “los datos (de la Ensin de 2010) mostraron que la mitad de los más pobres sufren de sobrepeso y obesidad, principalmente por consumir más alimentos altos en calorías y bajos en nutrientes, como la comida chatarra”.

Segundo, si el Estado propone introducir regulaciones, o los ciudadanos plantean campañas de información, el objetivo no puede verse como querer afectar a quienes tantos empleos crean en el país. Es sólo cuestión de aceptar que hay un problema complejo que necesita la colaboración de todos los involucrados en la cadena de producción de alimentos.

Un primer paso es hablar abiertamente del problema. El exceso de peso está ligado a enfermedades crónicas. ¿Vamos a dejar que el país siga recorriendo un camino que lo va a enfermar?

 

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