La Colombia que reflejan 20 años sin Jaime Garzón

Su ausencia se sigue sintiendo, pues todavía estamos buscando esa Colombia que se soñó. / Ilustración: Alfredo Garzón

El caso de Jaime Garzón se convirtió en un símbolo de las distintas etapas de frustración que experimentan los colombianos. Desde sus agudas y necesarias críticas en vida, pasando por su asesinato y terminando en 20 años de impunidad, el desaparecido humorista sigue siendo un recordatorio de la Colombia que podemos soñar y de todos los obstáculos que persisten para alcanzarla.

Cumplidas dos décadas desde que Garzón fuera silenciado de manera vil, el aniversario encuentra a la justicia colombiana debatiendo si considerar este crimen como de lesa humanidad. Salvo algunas condenas de mandos medios, la verdad es que todavía no sabemos quiénes fueron los involucrados en la planeación del asesinato. Por eso su muerte sigue siendo una amarga advertencia de lo que puede ocurrir en el país cuando la crítica se atreve a ser mordaz y a cuestionar los lazos de los grupos ilícitos con el Estado y sectores de la sociedad.

Tal vez lo más frustrante es que Garzón construyó su carrera y su reconocimiento nacional a partir de plantearle un reto a Colombia. En medio de un país violento, asfixiado por el narcotráfico, las guerrillas y un Estado débil, el humorista nos invitó a soñar con la nación que podíamos construir. Por eso, entre otras cosas, solía repetir que el artículo 12 de la Constitución, traducida al wayuu, había quedado así: “Nadie podrá pasar por encima de su corazón a nadie, ni hacerle mal en su persona, aunque piense y diga diferente”. Si tan solo hubiésemos escuchado.

Los aportes de Garzón no eran solo discursivos. Como recuerda María Jimena Duzán en El Espectador, “esa Colombia de Garzón, la que siempre trató de invitar a su casa, por momentos parecía perfectamente alcanzable. Conseguía que generales se sentaran con exguerrilleros, que embajadores gringos se sentaran con embajadores cubanos, que hombres de derecha se sentaran a confrontar sus ideas con los de izquierda”.

Su ausencia, entonces, se sigue sintiendo, pues todavía estamos buscando esa Colombia que se soñó. Su muerte debe ser considerado un crimen de lesa humanidad, pues, como dijo su hermana, Marisol Garzón, se trata de un delito que “afecta a la sociedad entera y no fue un crimen suelto, un caso aislado, una manzana podrida, como nos la venden. Sino que fue un ejercicio sistemático con todas las personas que trabajaban por los derechos humanos, como mi hermano”.

El Estado está en deuda. El país sigue esperando las respuestas. Queremos, sin embargo, sumarnos a lo escrito por Héctor Abad Faciolince, a propósito de estos 20 años que nos han mostrado que “como la sed de alegría es más terca que la sed de muerte, por muchos más muertos que siembren, detrás habrá otros pacíficos, otros risueños, otros inconformes, que se levantarán y seguirán gritando que estamos contra ustedes, asesinos, siempre contra ustedes, aunque solo sea con la fragilidad de las palabras; contra ustedes, asesinos, por mucho que nos sigan matando, siempre contra ustedes y a pesar del miedo, así sea con el último hilo de nuestra risa y de nuestra voz”. Y añadimos: siempre contra ustedes, como nos enseñó Jaime Garzón.

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