La delgada línea roja en Siria

El calculado y preciso ataque con misiles que Washington, Londres y París lanzaron contra Siria fue una contundente respuesta militar al régimen de Damasco. No se permitirá el uso de armas químicas en ningún tipo de conflictos. Sin embargo, en lo político, las cosas en Siria quedan como estaban: Bashar al Asad fortalecido en el poder, Vladimir Putin con un pie firme en la región y Donald Trump logró distraer la atención sobre los graves problemas domésticos que lo envuelven. Una vez más pierde la oposición de dicho país, que ha puesto el mayor número de muertos en esta guerra.

Las opciones para Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia no eran muchas. Si Al Asad utilizaba de nuevo armas químicas contra la población, ellos actuarían aún por fuera del marco de la ONU, dado que allí Rusia y China vetarían cualquier tipo de acción multilateral. El reciente uso de gas tóxico en Duma contra fuerzas rebeldes fue el medidor del dictador sirio para ver hasta dónde estaban los países occidentales dispuestos a actuar. Su objetivo era acabar con la resistencia en esta región cercana a Damasco, golpeando en especial a la población civil. El resultado fue de más de 500 personas afectadas y unos 40 muertos, entre hombres, mujeres y niños. Ante el anuncio de actuar militarmente que el presidente estadounidense hizo muy a su estilo, con “misiles nuevos, bonitos e inteligentes”, los rusos amenazaron con una retaliación de incalculables proporciones.

Lo cierto es que, como lo dijo Trump, se cruzó de nuevo la línea roja y había que actuar. Los tres países lanzaron el sábado de madrugada más de 100 misiles contra blancos muy precisos, en una sola andanada, y cuidándose de no afectar instalaciones militares rusas. De momento no se ha producido ninguna respuesta rusa, siria ni iraní, el otro país que hace parte de la alianza estratégica con la que cuenta Al Asad. Todo lo anterior demuestra cómo, dentro del complejo ajedrez que se juega en los últimos años en Oriente Medio, Siria ha desempeñado un papel central por la diversa cantidad de actores envueltos. Los intereses estratégicos de Estados Unidos y Rusia, como en las épocas de la Guerra Fría, han vuelto a florecer en la región.

Según los expertos, a pesar de los acontecimientos recientes, todo parecería indicar que las cosas, al menos de momento, no van a agravarse más. Desde que comenzó la actual crisis en Siria, con los vientos de la Primavera Árabe en 2011, la estrategia de Bashar al Asad ha sido mantenerse en el poder a como dé lugar. Para lograrlo reavivó los vínculos militares con Moscú, aceptó gustoso el apoyo de todo tipo que le presta Teherán y se benefició adicionalmente de la acción occidental en contra de ISIS, que afectaba parte de su territorio. Jugando a cuatro bandas, los hechos han demostrado que tenía razón en su planteamiento estratégico. Los fundamentalistas islámicos están derrotados, sus opositores internos han sido barridos, el reciente ataque tripartito en represalia por el uso de armas químicas destruyó algunas instalaciones que serán reconstruidas, y él se mantiene en el poder. El costo es profundizar sus lazos con Rusia e Irán, permitiéndoles un mayor posicionamiento en esta zona estratégica, dada la cercanía a Israel, Egipto, Líbano, Irak y Turquía.

Donald Trump asume un liderazgo a nivel internacional con el apoyo de Emmanuel Macron y Theresa May. Esta actuación, especialmente, le da oxígeno interno. Las investigaciones por los diversos problemas que afronta el ocupante de la Casa Blanca se han ido ampliando. El cerco por temas como el apoyo de Moscú a su triunfo, que él niega, los problemas que se producen dentro de su gobierno con el despido permanente de funcionarios de alto nivel y los escándalos derivados de pagos a antiguas amantes a cambio de su silencio se han ido estrechando. Disipado el humo de los misiles en Siria, vuelven los reflectores sobre el primer mandatario de Estados Unidos.

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