La endeble defensa de Mark Zuckerberg

La libertad de expresión en redes sociales es un debate esencial. Es una lástima, no obstante, que se trate de una discusión que tenga que pasar por Mark Zuckerberg. Aunque el fundador de Facebook (compañía dueña, también, de Whatsapp e Instagram) decidió recientemente tomar la vocería sobre la importancia de proteger los discursos políticos, incluso aquellos que promuevan falsedades, su manera de abordar la complejidad del tema deja mucho que desear. Además, la actitud ambivalente de Facebook, que en el pasado ha permitido moderar ampliamente el contenido que se publica en su red, lleva a pensar que, en el fondo, lo que importa es el bienestar del negocio, no de las sociedades democráticas que se han visto amenazadas por algoritmos descontrolados.

Hace unas semanas ocurrió algo interesante. Elizabeth Warren, una precandidata por el Partido Demócrata a la Presidencia de Estados Unidos, pagó por la difusión de un anuncio en Facebook. En él, un mensaje decía que Mark Zuckerberg había decidido apoyar la reelección del presidente Donald Trump. A renglón seguido, el anuncio explicaba que eso era mentira, pero que como la red social no filtra los contenidos que promueven informaciones claramente falsas y que utilizan el sistema de publicidad para volverse virales, no había nada que pudiera hacerse.

A los pocos días, Zuckerberg fue citado en el Congreso de EE. UU. a explicar la política de Facebook en torno a las mentiras y la desinformación en los anuncios políticos. “¿Podría pagar para que Facebook le muestre a población estadounidense un anuncio con una fecha incorrecta de votación?”, le preguntó la representante a la Cámara Alexandria Ocasio-Cortez. “Si un político dice algo que podría causar violencia, o poner a alguien en riesgo físico, o suprimir al electorado, bajaremos ese contenido”, contestó el fundador de Facebook. La congresista insistió preguntando si podría pagar por un anuncio que mienta sobre los votos de los republicanos para sabotear sus intentos por ser reelegidos. A eso Zuckerberg respondió dudando: “Creo que mentir es malo y si lanzas un anuncio publicitario con mentiras, eso es malo. (...) Pero creo que la gente debe ver por su propia cuenta lo que los políticos están diciendo”.

A eso ha llegado el nivel del debate global sobre la libertad de expresión en el mundo digital. Una persona que claramente no está dispuesta a enfrentar todas las ramificaciones de su política (Zuckerberg) se planta, ahora, como la línea de defensa contra la censura. Lo peor es que, en algunos puntos, Zuckerberg tiene razón. En un discurso reciente en Georgetown dijo que una aplicación china como Tik-Tok, que tiene enorme popularidad, ha estado censurando contenido sobre las protestas en Hong Kong. Eso es cierto y la creciente influencia global de China y sus compañías tecnológicas es una amenaza latente para la libertad de expresión de las sociedades democráticas. Pero Facebook no puede eliminar su responsabilidad.

En el pasado, Facebook ha aceptado censurar su contenido para poder entrar a regiones bajo gobiernos autoritarios. El mismo Zuckerberg lleva varios años, sin éxito, intentando seducir al mandatario chino, Xi Jinping, para que Facebook pueda expandirse en ese país. Desde el punto de vista de negocios, Facebook solo empezó a preocuparse por filtrar los mensajes violentos cuando, con el escándalo de Cambridge Analytica, los reflectores del mundo se posaron sobre la empresa y sus malas prácticas.

La lucha por la libertad de expresión es complicada y está llena de dilemas difíciles. Así ha sido siempre la historia de este derecho, incluso antes de que las redes sociales existieran. Es una lástima, entonces, que los términos del debate los esté dictando una empresa multinacional que no ha querido responsabilizarse por los daños que ha causado a las democracias del mundo.

 

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