Laguna de Fúquene: la hora de construir acuerdos

La semana pasada, en Ubaté, Cundinamarca, se llevó a cabo el encuentro "Laguna de Fúquene: diálogo por un futuro posible", promovido por organizaciones vinculadas de tiempo atrás con los temas referentes a la laguna.

Lejos de reunirse a pasar factura de los presuntos responsables del desastre que se vive hoy día por cuenta del clima, los participantes se dedicaron a entender la complejidad del cambio social y ecológico que se ha desarrollado. Dicho en cristiano: se juntaron para hacer propuestas. A las entidades estatales como las CAR o el Ministerio de Ambiente —que, por cierto, no asistieron—, les llegó la hora de escuchar.

La laguna de Fúquene es un espacio complejo. No sólo es el humedal más importante del norte de los Andes, sino que es un sistema ecológico y social integrado, que presta numerosos servicios ecosistémicos. Su principal problema es que ha sido manejado para maximizar el riego de la industria lechera, a costa del resto de los servicios: pesca, transporte, turismo, cultura; así como de su estabilidad y flexibilidad para enfrentar el cambio ambiental. Hoy es espacio de alto riesgo. La pasada ola invernal así lo demostró. El Ideam anuncia que la misma situación podría repetirse en esta segunda etapa de lluvias. Y no sólo es un asunto de obras civiles: seguir intentando contener las aguas o abrirles más volumen mediante el dragado. Es uno de adaptación que, según los acuerdos y orientaciones internacionales, debería hacerse “con base en el ecosistema”. Es decir, contar con la vitalidad de la laguna y las actividades humanas que a ella se asocian.

La actual tendencia de manejo muestra una situación sin salida para la misma CAR. Hace algún tiempo, un funcionario de esta entidad dijo que ellos trataban en lo posible de que la laguna no interfiriera con las actividades económicas de la región. Sin embargo, desde finales del siglo antepasado el objetivo ha sido poner la laguna al servicio de la ganadería y la agricultura. Y los resultados ya salieron a flote: hasta el sector lechero está empantanado. El objetivo de gestión de la CAR en Fúquene debería ser buscar que la laguna siga proveyendo, de forma eficiente, todos los servicios que brinda a la sociedad. Esto implica para la CAR no sólo hacer más cosas —entre ellas las que siempre ha debido hacer— sino cambiar de rumbo, en especial por las implicaciones que tiene el actual esquema de manejo del distrito de drenaje y riego.

Es necesario concertar una visión sobre el futuro posible y, con base en ella, renovar el acuerdo social de gestión. Para esto sería muy útil, y legítimo, escuchar las conclusiones del encuentro de Fúquene. Lo más importante ha sido la conformación de un comité cívico que pretende convertirse en la expresión legítima de la sociedad civil para darle continuidad a la reflexión, a las propuestas y a la vigilancia. El colectivo, con quince miembros elegidos, agrupa artesanos, ganaderos, pescadores, mineros, maestros, estudiantes, la veeduría ciudadana de la provincia de Ubaté y ONG de Chiquinquirá, Simijaca, San Miguel de Sema, Guachetá, Fúquene, Ubaté y Cucunubá. Es claro que el futuro de la laguna dista mucho de lo que alguna vez fue. Los sistemas ecológicos y sociales cambiaron drásticamente. Pero el futuro no debe reducirse exclusivamente al de leche pasada por agua. Se trata, sin duda, de un reto mayúsculo para la CAR, que debe aprovechar esta oportunidad para construir gobernabilidad. La gestión de espacios complejos debe basarse en la construcción deliberada de acuerdos inclusivos e inteligentes que un espacio de diálogo como éste sabe muy bien construir. Es imperativo que regiones como estas, con ecosistemas únicos, hagan un uso razonable del llamado “desarrollo sostenible” que estamos en la obligación de invocar en nuestros actos frente a la naturaleza.

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