Las mujeres como decoración y poco más

Esta semana se presentaron dos exclusiones de mujeres colombianas en ámbitos muy distintos, pero que comprueban que la lucha por la igualdad todavía tiene muchos prejuicios por combatir.

Adidas y la Selección Colombia de fútbol publicaron en redes sociales la nueva camiseta del seleccionado, que se usará en el Mundial de Rusia 2018. La polémica comenzó por la elección de dos personas para promocionar la camiseta: James Rodríguez, capitán de la Selección, y Paulina Vega, ex miss Universo colombiana. Vanessa Córdoba, arquera de la Selección femenina, escribió en su cuenta de Twitter: “Hasta el momento no he visto a ninguna jugadora (de la Selección) mostrando la nueva camiseta (de Adidas), ¿ustedes sí?”.

La pregunta es válida y le apunta al corazón del problema. No se trata, por supuesto, de criticar a Vega por haber participado del lanzamiento, pero sí es una pregunta para la Federación y sus patrocinadores: ¿Por qué, en un momento tan importante, trajeron a una insignia de la Selección masculina, pero en el momento de pensar en mujeres optaron por una modelo? Córdoba mostró la ridiculez del hecho en otro trino: “No estoy de acuerdo con que Paulina Vega salga con la camiseta antes que Catalina Usme, por ejemplo (...) es como si a Lincoln Palomeque le dieran la camisa antes que a James Rodríguez. No tiene sentido, ¿verdad?”.

El otro escándalo se presentó en el mundo literario. Dentro del año Colombia-Francia, el Ministerio de Cultura ayudó en la organización de un evento que se realizará el próximo 15 de noviembre en la Bibliothèque de l’Arsenal de París. La idea es que este sea una de las presentaciones más importantes de la literatura colombiana en ese país. ¿El problema? Los diez autores invitados son hombres.

En respuesta, un grupo de 40 escritoras colombianas publicaron un manifiesto donde, entre otras cosas, reiteran lo que debería ser obvio: “Hay un gran número de escritoras colombianas, con obra extensa, media y reciente, de altísima calidad”, por lo que “es impensable que las instituciones públicas que manejan los temas de literatura realicen cualquier evento sin la participación de mujeres escritoras”. Finalmente, dicen que “estamos urgidos de que se creen políticas públicas que democraticen el acceso de escritores y escritoras en general a postularse para participar en las delegaciones que representan a Colombia con recursos públicos”.

Estamos de acuerdo. Aunque el Ministerio de Cultura ha publicado varias excusas buscando eximirse de responsabilidad, no tiene presentación que, en un evento con recursos públicos cuyo propósito es abrirles oportunidades a los escritores colombianos, no haya una pregunta por la representación de las mujeres.

No se trata, como se insinuó en redes sociales, de un tema de calidad. Más allá de las consideraciones subjetivas, hay suficientes ejemplos de escritoras colombianas con méritos para acompañar a los autores invitados a París. Si, por ser mujeres, las escritoras tienen menos puertas abiertas, ¿no deberían los eventos de este tipo servir para ayudar a corregir esa situación?

El rol de la mujer, en el imaginario de quienes toman estas decisiones, es meramente instrumental: la decoración que vende camisetas y poco más. Por eso, dar estas discusiones es fundamental, para ver si la cultura se sacude los prejuicios y combatimos la desigualdad.

 

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