Las universidades siguen fallando

La sensación de desazón que queda entre las estudiantes convierte a las universidades en espacios poco seguros. / Foto: Getty Images

Las universidades del país les siguen fallando a sus estudiantes al no tener protocolos útiles para combatir el acoso y abuso sexual. Las protestas recientes en la Universidad Industrial de Santander (UIS) son síntoma de la frustración que produce la complicidad de los entes educativos con una cultura del silencio. La expulsión de un profesor de la Universidad de los Andes recientemente es un raro caso donde se llega a una decisión, pero solo estamos viendo la punta del iceberg del problema que agrupaciones de estudiantes en todo el país vienen denunciando sin mayor respuesta.

A las universidades públicas y privadas no les gusta enfrentar el acoso y el abuso sexual. Pese a la presión que han recibido en los últimos años, con decisiones de la Corte Constitucional de por medio y promesas a medias del Ministerio de Educación, el saldo sigue siendo preocupante. Para resguardar su prestigio institucional, los centros educativos que reciben quejas e inician investigaciones no suelen publicar los resultados de las mismas. Es aún más inusual que estudiantes, docentes o personal administrativo involucrado en estos procesos sean expulsados o removidos de sus cargos. La sensación de desazón que queda entre las estudiantes, que son las principales víctimas, convierte a las universidades en espacios poco seguros.

La frustración llegó a un punto de ebullición esta semana en Bucaramanga. Como contó Noticias Caracol, un docente tenía cerca de 30 denuncias en su contra por acoso y abuso contra estudiantes. Una estudiante dijo que, al recibir las quejas, lo que hizo la UIS fue trasladar al profesor “al Instituto de Lenguas, en donde evidentemente un año después nos encontramos con muchas más mujeres que han sido acosadas y violentadas en el aula de clases”.

No es el único caso. Hablando de un profesor de inglés, una estudiante contó que les decía: “Dígalo varias veces, póngase el papelito en la boca y diga ‘pene’. Él siempre nos hacía pasar al tablero y de esa manera nos morboseaba y nos alcanzaba a tocar. Sentía asco, sentía repugnancia”. Panfletos pegados en la universidad denunciaron que uno de los profesores de Análisis les pedía imágenes sexuales a algunas alumnas. Una mujer le dijo a El Tiempo: “A mí me pasó con el ‘toquecito’, la ‘conversa’, que invitan a almorzar y la presión con la nota o con otro tipo de cuestiones; el saludo de beso, son cosas que parecen muy sutiles pero en realidad cruzan la línea”.

El Comité de Género de la UIS le dijo a Vanguardia que en el 2019 atendieron 72 casos de violencia de género. Solo en enero del 2020 se recibieron 12 denuncias. Sin embargo, no se ha publicado el resultado de las investigaciones en los procesos relacionados con miembros de la universidad, ni se han tomado decisiones de fondo.

La semana pasada, después de meses de protestas y denuncias por parte de estudiantes, la Universidad de los Andes expulsó al profesor Adolfo Amézquita por “faltas éticas en el desarrollo de la práctica académica, atentar contra derechos y la dignidad de estudiantes, desatender normas asociadas a conflicto de intereses, y negligencia en el cumplimiento de deberes y responsabilidades”. Sin embargo, voces dentro de la institución consideran que los protocolos están lejos de ser ideales.

El acoso y el abuso sexual dentro de las universidades es una realidad que durante muchos años ha sido silenciada. La ignorancia sobre temas de género, relaciones de poder y, a menudo, la indiferencia lleva a que los centros educativos no adopten las medidas necesarias. Eso tiene que cambiar pronto para que la cultura de la violencia no siga ocurriendo.

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