Le cumplieron al país

El presidente y su equipo, liderado por Sergio Jaramillo y Humberto de la Calle, hicieron lo correcto al apostarle todo su capital político y su tiempo a una negociación estructurada, pausada, con espacios para pensar.

Independientemente de lo que suceda, el acuerdo promovido por el presidente Juan Manuel Santos es un testimonio de lo que puede lograrse cuando se le apuesta a la paciencia. / Foto: Presidencia

La foto de los equipos negociadores del Gobierno y la guerrilla de las Farc, que se publicó junto con el anuncio de que por fin, después de cuatro años, hay un acuerdo sobre todos los puntos para ponerle fin al conflicto es histórica, y será vista como un símbolo de que en esta Colombia tan acostumbrada a la sangre hay otra forma de hacer las cosas. Independientemente de lo que suceda de ahora en adelante, hay mucho que celebrar y que reconocerle a este proceso.

Sobra recordar el anuncio del comienzo formal de los diálogos, los discursos, la pretendida arrogancia de las Farc, el cuidadoso optimismo del Gobierno, el abismo de distancia entre dos enemigos históricos para ver lo que ocurre cuando el diálogo y la sensatez priman sobre las emociones. Comparar la foto publicada el martes en la noche con la actitud de hace unos años, y con la agresividad que se vio en los momentos de crisis, es suficiente prueba de los réditos que produce insistir en entendernos y llegar a puntos en común.

No en vano la paz, entendida como el desarme y el fin del conflicto con las distintas guerrillas, ha estado en la agenda de todos los presidentes. Lo vimos con las treguas que Belisario Betancur logró con las Farc, el M-19 y el Epl, que luego fracasaron estruendosamente; con la desmovilización del M-19 durante la Presidencia de Virgilio Barco; con la desmovilización del Prt, el Epl, el Movimiento Armado Quintín Lame y la Corriente de Renovación Socialista durante el gobierno de César Gaviria, así como su fracaso en las negociaciones con la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar (unión de las Farc y el Eln), que recrudeció el conflicto; con los acercamientos infructuosos de Ernesto Samper; con los diálogos del Caguán de Andrés Pastrana; con la desmovilización de los paramilitares de Álvaro Uribe y sus intentos fallidos de acercamiento con las Farc y el Eln.

Todos esos esfuerzos, plagados de avances, errores, traiciones, mentiras y abusos alimentaron con enseñanzas los diálogos que emprendió el presidente Juan Manuel Santos. Y, a su vez, son una muestra de la dificultad histórica que enfrentaba este esfuerzo. La desconfianza de ambas partes, así como su resentimiento, han tenido tiempo para madurar y afianzarse.

Que hoy podamos decir que por primera vez en la historia hay un acuerdo definitivo con las Farc para poner fin al conflicto es un homenaje a todos esos intentos fallidos y éxitos progresivos, a todas las víctimas que han sufrido este conflicto, y una muestra que el presidente y su equipo, liderado por Sergio Jaramillo y Humberto de la Calle, hicieron lo correcto al apostarle todo su capital político y su tiempo a una negociación estructurada, pausada, con espacios para pensar. Haber continuado pese a los múltiples tropiezos, y a las voces que negaban la necesidad de dialogar, fue una decisión acertada. Los felicitamos y, sobre todo, les agradecemos.

Ahora viene el momento de analizar lo pactado. Independientemente de si los colombianos concluyen que es un mal acuerdo, que podría ser mejor, lo que no pueden permitirse olvidar es el largo camino que nos ha traído hasta aquí, todo lo que hemos perdido como sociedad, y cómo nunca hemos tenido una propuesta tan cercana para desarmar a las Farc. Sea como fuere, por primera vez el país tiene la oportunidad de pensarse sin la existencia de esa guerrilla, y con ello vienen muchas oportunidades de reinventarse y construir una nueva Colombia. Lo definiremos en las urnas gracias a que los negociadores, y el presidente, le cumplieron su promesa al país de darnos una opción concreta para terminar el conflicto.

 

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