Los enemigos de la Fuerza Pública

Loable gesto el del comandante de la Policía, general Rodolfo Palomino, de depurar esa entidad de quienes “movidos por los demonios de la ambición, han sucumbido ante los cantos de sirena que plantea la corrupción”.

Por cuenta de este Plan Transparencia ya han sido detenidos 24 uniformados presuntamente vinculados con la criminalidad. Todos ellos patrulleros. Aunque hay también otros casos, claro: no son los suboficiales los únicos que sucumben a estos “cantos de sirena”.

“Lo que estamos haciendo es transparentar la institución”, le dijo el general Palomino al diario El Nuevo Día. Y agregó: “Ojalá las demás instituciones tomen este ejemplo y lo apliquen”. Pero mientras Palomino reconoce lo que es un secreto a voces —que dentro de la Policía hay uniformados que desviaron su camino—, otros prefieren ver al enemigo en cualquier otro lugar menos en casa.

En un debate sobre el escándalo de los falsos positivos realizado hace unas semanas en el Congreso, el ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, sostuvo que “a punta de mentiras” pretenden “convertir cada acción de nuestras Fuerzas Armadas en eso que llaman falsos positivos”.

En respuesta, la congresista Ángela M. Robledo lo conminó “a que me demuestre que somos enemigos de las Fuerzas Militares”. Hay que decirlo: ni Robledo ni ninguno de los congresistas que citaron a ese debate son enemigos de la Fuerza Pública. Pedir explicaciones por casos tan execrables como el de los falsos positivos no es un ataque a la tropa, sino todo lo contrario: es un llamado a procesar a quienes sean responsables, para que no salpiquen a los miles de uniformados que son inocentes, aquellos que están a la altura.

Hace una semana el senador Iván Cepeda hizo serios cuestionamientos al ascenso de cinco uniformados, según él, salpicados por el escándalo de los falsos positivos. El senador Jimmy Chamorro dijo que la de Cepeda era una “posición absurda y muy poco documentada” y que contra los uniformados no había ninguna condena o sanción que impidiera su ascenso. Y el presidente del Congreso, José David Name, dijo que no iba a permitir “que se hiciera politiquería barata” con los ascensos.

Habría que preguntarle al senador Name si estudiar los ascensos con mayor detenimiento —y no de forma exprés— es politiquería barata. Ese sí que sería un debate provechoso.

No hay peor mensaje que seguir permitiendo que por unos pocos paguen todos. Y la mejor forma de evitar que esto siga ocurriendo es, precisamente, depurar la Fuerza Pública, como lo está haciendo el general Palomino.

Los enemigos de las Fuerzas Militares son los grupos armados ilegales y la criminalidad. Pero aquellos uniformados que —mientras sus compañeros arriesgan sus vidas— se dejan convencer por los criminales son tan delincuentes como ellos. Los enemigos no son los congresistas que piden explicaciones, ni las ONG que denuncian, ni los jueces que condenan, ni los periodistas. Los enemigos, en este caso, son quienes cometen esas violaciones, quienes juegan a dos y tres bandas y hacen que la necesaria y destacable labor de las Fuerzas Armadas se vea empañada.

Los héroes en Colombia sí existen, como dicen las campañas. Hay miles y hay que reconocer su empeño. Pero los antihéroes también existen. Qué diferencia entre el coronel Valdemar Franklin Quintero, asesinado por el narcotráfico, y el general (r) Mauricio Santoyo, aliado con la Oficina de Envigado. A los antihéroes no hay que defenderlos como si fueran héroes de la patria, sino procesarlos y condenarlos, porque el uniforme les quedó grande.

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Editorial

Los enemigos de la Fuerza Pública

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