Los problemas de Transmilenio

Tal vez no desde su apertura como nuevo sistema masivo de transporte, pero sí desde hace un buen tiempo, Transmilenio ha recibido muchas críticas. Fundadas o infundadas.

Que va muy lleno, que el servicio no es preciso en informar los tiempos, que las rutas están mal diseñadas, que las losas están rotas todo el año, en fin, quejas de todo tipo. Y es normal que en una ciudad como Bogotá los reclamos sobre la movilidad y su congestión sean pan de cada día.

Sin embargo, con la noticia que despertó a muchos bogotanos el día martes, la cosa pareció tomar una tonalidad distinta: tres articulados chocaron a la altura de la calle 127, en la Autopista Norte. El saldo: 86 heridos, trancones extensos y retrasos mayores a los usuales. Treinta y seis ambulancias tuvieron que atender la emergencia usando para ello el carril único de Transmilenio, obligando a los buses de esta empresa a usar el “carril mixto” —es decir, el corriente, de los carros particulares— para llegar hasta el Portal Norte.

Esta noticia pareció ser la última estocada que necesitaba Transmilenio para que se volcaran encima de él a observarlo con lupa: las noticias, autoridades políticas y expertos en movilidad comunicaron sus críticas. Son cuatro, principalmente. Después de haber sobrellevado el tema del supuesto paro que organizarían sus empleados hace unas semanas por cuestiones de salarios y jornadas laborales, el problema volvió a formularse. ¿No podría ser ésta la causa de tanto accidente? Asimismo se ha criticado el estado de las vías. Las losas rotas —que, por cierto, no llevan así poco tiempo— provocan a los conductores cambios drásticos de rumbo, frenadas inesperadas y eventuales choques. También hablan los expertos, quienes sostienen la tesis de que la empresa opera con sistemas tecnológicos de “guiado óptico” viejos, trasnochados. Finalmente, se dice que el sistema está saturado, razón por la cual muchos articulados tienen que hacer cola detrás de otros para tener acceso en la estación. Tal y como ocurrió en el accidente del martes.

El gerente de la empresa, Fernando Rojas, niega todo. Dice que no hay congestión, que los trabajadores desempeñan su labor ocho horas diarias y que el sistema no está saturado. Pero estas respuestas no dejaron a nadie tranquilo. Los accidentes del sistema en este año, 211 hasta hoy, no son pocos. Una cifra que revela un defecto que aún no se ha identificado plenamente: ¿es acaso un problema de infraestructura vial? ¿O, tal vez, uno de rendimiento o adiestramiento de los conductores? ¿Podría tratarse de un factor externo, como la falta de cultura ciudadana de los pasajeros? ¿Todas juntas?

Ya es hora de que se haga un estudio correspondiente sobre el tema. Al mismo tiempo que se van efectuando obras para ampliarlo, deben hacerse los cambios necesarios que den fin a los problemas transversales que Transmilenio presenta de manera visible. No puede avanzar su presencia en la ciudad sin que los defectos sistémicos que parece ostentar se resuelvan. El día martes dejó una cuota que no es baja: 86 personas heridas. Hay que evitar daños más serios. No se trata de construir a la loca sin detenerse un segundo a mejorar la eficiencia del servicio.

Este asunto pasará, como muchos otros que definen el caos actual de Bogotá, a manos del próximo alcalde. Menos mal los candidatos ya están pensando en la causa del problema. El tema deberá trascender de una simple estrategia de campaña —que se ha vuelto “de cómo salvar a Bogotá”— a pensar en cómo y por qué la empresa está fallando. Esta es la única forma en que no se multiplicarán sus deficiencias una vez se implemente el Sistema Integrado de Transporte Público.