Los problemas jurídicos de manejar con tragos

No es muy sabio manejar después de haber tomado alcohol. Es aberrante, es perjudicial, no sólo para la vida propia, sino para el entorno: los otros conductores, los peatones. Tomar y manejar es una decisión estúpida, que subvalora absolutamente el efecto que cualquier bebida (en cualquier cantidad) genera sobre el organismo.

Esto en Colombia se juzga durísimo. La gente quiere que el peso de la ley (los años, la cárcel) caiga sobre aquel que ha matado o herido a una persona por acceder a ese peligroso juego. Y se piden penas: más altas, más drásticas, más simbólicas, para así disuadir de estas conductas desviadas que cobran vidas año tras año.

Hay que empezar por algo muchísimo más útil que sucumbir ante la absurda presión ciudadana de subir penas (o condenas, como algunos jueces han tenido a bien): generar un rechazo social a la conducta. Algunos estudios y prácticas políticas han demostrado que la sanción social rinde frutos de una eficacia mucho mayor que la mera fuerza de la ley. “Yo manejo mejor con tragos”, “no he tomado tanto”, “sólo fue un par de cervezas”, se escucha entre otras mil fórmulas que, a la par del rechazo que se exige a nivel penal, abundan, y de qué forma, a nivel social. Conducir ebrio se premia. Rechazar un trago con la excusa de que “traje el carro”, se sanciona. Pero luego, ante una tragedia, la sociedad se endurece y quiere toda la crudeza del sistema penal. Conducta absurda.

Precisamente por eso es que los hacedores de políticas públicas y los jueces entran en el mismo juego. Ya sabemos lo de los políticos y el llamado populismo punitivo, que no es más que proponer leyes de penas drásticas para aliarse con el descontento general y así obtener réditos políticos. Pero, ¿y los jueces?

Hace dos años, el 25 de agosto de 2010, la Corte Suprema de Justicia sentó un nuevo precedente: condenó a un conductor ebrio que —en medio de la nebulosa realidad de su borrachera— mató a dos ocupantes de una camioneta. La Corte dio su tesis: es homicidio por dolo eventual. En términos sencillos, el dolo eventual se da cuando el autor de la conducta prevé el resultado como probable, pero deja su no realización librada al azar. El ejemplo clásico es el de la bomba: quiero causar desconcierto poniendo una bomba en algún lugar y puede que mate o no a algunas personas, pero esto último se lo dejo a su buena suerte.

A Juan Carlos Varela, el conductor que, según la prueba de aptitud, causó en estado de embriaguez la muerte de tres motociclistas hace una semana, le imputaron cargos por homicidio agravado con dolo eventual, siguiendo el respaldo que la Corte Suprema le dio a esta teoría. ¿Es, sin embargo, una teoría acertada? Un experto en dogmática penal diría que no: ni Varela ni cualquier otro conductor con tragos en la cabeza quiere matar a sus víctimas. El asesinato no es tampoco algo que deja librado al azar. La conducta en cuestión se asemeja mucho más a un homicidio culposo: un incumplimiento al deber objetivo de cuidado.

De nuevo, manejar con tragos es una conducta estúpida que merece una sanción. El debate sobre el ‘dolo eventual’ tiene muchísimas más particularidades que las que podemos exponer aquí y que la Corte Suprema de Justicia supo dar en su momento. Pero harto se ha abierto el debate de hasta dónde se debe castigar esta conducta y si es intencional o no. Es hora de hablarlo. Pero, sobre todo, es hora de que los ciudadanos sean conscientes de que hay que generar un amplio rechazo social. Un castigo cultural. Celebrar la historia del que salió vivo y no mató a nadie por conducir ebrio, como suele hacerse, debe ser algo del pasado.

 

últimas noticias

El poder absoluto contra el periodismo

Cuidado con el timonazo