Mánchester y la maldad

¿Cómo nos explicamos la continua aparición del terror y el dolor irracional?”. / Foto: AFP

“¿Cómo le explico esto a una niña de 14 años?”, le dijo al New York Times una madre que había llevado, de sorpresa, a su hija al concierto de Ariana Grande en Mánchester. Una explosión al final del evento dejó, de nuevo, al mundo paralizado, confundido, temeroso e incapaz de darle respuesta a esa pregunta, que cobra vigencia en todas las ciudades del mundo donde la “guerra contra el terror” sigue cobrando víctimas inocentes. ¿Cómo nos explicamos esto, sin importar qué edad tengamos?

Van 22 muertos y docenas de heridos más por el atentado en Mánchester. Al cierre de esta edición todavía quedan en el aire muchas preguntas, pero el responsable parece ser un joven de 22 años que murió en la explosión —¿otro ataque suicida? ¿Otro mártir por una causa irracional?—. El Estado Islámico, en su lenguaje ya demasiado conocido, salió a reivindicar lo ocurrido. Tendría sentido si se encuentra que el victimario era simpatizante del EI; después de todo, la bomba en un concierto de una exestrella de Nickelodeon, lleno principalmente de menores de edad, se presta para los simbolismos perversos y mezquinos que persigue el terrorismo.

Entonces, ¿cómo nos explicamos esto? Es inevitable, al pensar en lo irracional que suena atacar a menores de edad, en lo desnudo que queda el hecho de que no hay sentido para la guerra cuando se empeña contra los más indefensos, no sólo en las víctimas de Mánchester, sino en todas las infancias que han sido silenciadas como “daños colaterales” de este mundo en conflicto. Ahí, tal vez, hay una pista de respuesta: ¿qué hemos hecho para fomentar el resentimiento que nos lleva a estos niveles de barbarie?

No tenemos la respuesta. Se nos ocurren dos posibles maneras de entender este problema. La primera es considerar que se trata de una violencia irracional y, por ende, inevitable. Que el “mal”, encarnado hoy por el EI, pero a lo largo de la historia por grupos y personas similares, aparecerá allí donde haya humanidad. Esta manera de pensar nos lleva, entonces, a considerar que la única solución es la fuerza; la erradicación, esa que mira no sin morbo el uso de “la madre de todas las bombas”.

Esa lógica, no obstante, ya ha mostrado en varias ocasiones sus limitaciones. Desde el punto de vista práctico, allí donde se usa la fuerza para “borrar” a los enemigos se siembran las semillas de las futuras violencias. ¿No es el EI la evolución del resentimiento de muchas personas en territorios de guerra donde fueron habituales los daños colaterales de la guerra contra el terror? Además, ahí mismo está la duda de la irracionalidad: la guerra, que por cierto estamos perdiendo, se construye desde el ámbito cultural. Todos estos “lobos solitarios” son convencidos a través de críticas efectivas a Occidente. La hipocresía y la ambivalencia de las sociedades modernas se han convertido en la herramienta para destruirlas.

Por eso nos inclinamos a pensar que la mejor forma de entender este asunto es a través de preguntas sinceras sobre causas y consecuencias. ¿Qué culpa, en todo esto, tienen el intervencionismo de Occidente, la desigualdad social en nuestros estados, la creciente xenofobia, el aislacionismo? Este atentado, en una Inglaterra en vísperas electorales, ¿será recibido con más aislacionismo tipo Brexit? ¿Vamos a permitir que nos sigan dividiendo, convenciendo de entrar en esa maniquea polarización de buenos contra malos?

El mal irracional, si existe, no puede evitarse. Concentrémonos en erradicar las justificaciones que alimentan al otro mal, ese ideológico que estamos viendo tan a menudo. La mejor manera es demostrar que las sociedades pacíficas, diversas e incluyentes no sólo son realidad, sino que perdurarán hacia el futuro.

 

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