Marcha la discriminación en el Congreso

Como de costumbre, la senadora Morales llenó su exposición de motivos con argumentos que trata de vender como científicos, donde no sólo argumenta que las parejas homosexuales son peligrosísimas, sino que las personas solteras tampoco pueden brindarles a los niños que actualmente custodia el ICBF un espacio adecuado para su desarrollo.

Aceptar que se les pregunte a los colombianos, en las urnas, si las parejas del mismo sexo y las personas solteras deben o no poder adoptar es, de entrada, asumir que esa pregunta, con todos sus prejuicios, es válida.

Sigue su avance por el Congreso, con inusitado apoyo, el referendo propuesto por la senadora del Partido Liberal (no es un error) Viviane Morales, que busca evitar que las personas solteras y las parejas del mismo sexo puedan ayudar a que los huérfanos colombianos materialicen el derecho que tienen a tener una familia. Este es un ejemplo palpable de que los líderes políticos del país no están a la altura que los debates de derechos humanos les exige.

En plenaria del Senado, con 53 votos a favor y 21 en contra, se aprobó la convocatoria de referendo, que ahora pasa a la Cámara de Representantes, donde es difícil esperar que tenga una suerte distinta. Será la Corte Constitucional, parece, la encargada de recordarles a los congresistas y a una porción de la población que la democracia no autoriza a quienes se creen mayorías a imponer sus ideas morales cuando éstas no tienen sustentos válidos para todos los colombianos.

Y es que, en el fondo, de eso se trata esto: para los creyentes, fundamentados en su religión, no pueden existir familias que no sean heterosexuales. Carlos Alonso Lucio, quien a pesar de su dudosa reputación ahora se nos convirtió en experto en familia y valores, dijo en el Senado que “a nosotros nos fascina lo cristianamente correcto”. No se trata —y es necesario aclararlo, por la facilidad con que ciertas personas se declaran “perseguidas”— de censurar al cristianismo ni sus valores, pero es apenas lógico en un Estado, donde viven personas de todos los credos, exigir que las políticas públicas no se definan únicamente porque una religión cree que algo es correcto o, en este caso, perverso.

Como de costumbre, la senadora Morales llenó su exposición de motivos con argumentos que trata de vender como científicos, donde no sólo argumenta que las parejas homosexuales son peligrosísimas, sino que las personas solteras tampoco pueden brindarles a los niños que actualmente custodia el ICBF un espacio adecuado para su desarrollo. Ya hemos dedicado amplio espacio en estas páginas para demostrar por qué la propuesta de la senadora desconoce convenientemente la enorme evidencia científica que respalda a las parejas homosexuales como idóneas para criar niños, así como la existencia de casos reales donde, en la práctica, Colombia ya ha tenido familias de este tipo. No obstante, no sobra repetirnos: no hay razones para darles legitimidad a los prejuicios que se encuentran en este proyecto.

Por eso resulta tan frustrante ver la cantidad de congresistas que siguen repitiendo los mismos lugares comunes sobre el tema y que más bien parecen embelesados con el potencial electoral que este proyecto propone. La organización de los creyentes ha fortalecido su influencia en la arena política, pero aquí hay que, de nuevo, decir lo obvio: que una posición sea compartida por muchos, no significa que sea correcta. El Congreso debería ser el espacio para que los cantos de sirenas de la homofobia sean cuestionados y derrotados, pero, por el contrario, resultó ser tierra fértil para los prejuicios.

Aceptar que se les pregunte a los colombianos, en las urnas, si las parejas del mismo sexo y las personas solteras deben o no poder adoptar es, de entrada, asumir que esa pregunta, con todos sus prejuicios, es válida. Es decirles a todas las familias de este tipo, que ya existen y no son pocas, que no son idóneas, que hay algo mal con ellas. Es someter los derechos humanos a la arrogancia de quienes se sienten numerosos. Es, finalmente, adoptar un concepto de democracia que no pide como prerrequisito la inclusión de todos los colombianos, sino que ve con buenos ojos el populismo.

 

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